Rentas, malas y buenas

En la economía existen diversas categorías de ingreso, como los jornales, las comisiones, los intereses y las utilidades. Cada tipo de ingreso retribuye una diferente forma de aportar a la riqueza común, y goza de la legitimidad que otorga su aporte productivo. Pero hay una excepción, una categoría de ingreso que incomoda y del que se habla poco. Se trata de los ingresos del rentista, que no surgen de una contribución productiva sino de riqueza que ya existe. El rentista participa en la riqueza sin contribuir.

Los textos de economía dicen poco de la renta, primero porque no es parte del engranaje productivo, pero además porque su existencia cuestiona la legitimidad de la economía de mercado cuyo concepto central, formulado por Adam Smith, es que el mercado libre transforma el accionar egoísta de los individuos en un bienestar económico colectivo. La existencia de rentistas es una incomodidad para esa filosofía. En realidad, si bien es un asunto de economía, el estudio de las rentas tiene que ser trasladado a las ciencias políticas y sociales. ¿A quién le corresponde el usufructo de una riqueza ya existente? ¿Al primero que se la apropia? ¿Al que vive cerca? Y, ¿qué efectos tienen las rentas sobre una sociedad?

Las preguntas son importantes para comprender la historia del Perú. Como sucede en la mayoría de las economías que recién empiezan su desarrollo, la economía peruana ha dependido sustancialmente de las riquezas naturales, desde el oro que motivó la conquista, la plata, el mercurio, el cobre, el petróleo, las tierras agrícolas, el caucho, el guano, el salitre, la pesca y la coca, una verdadera cornucopia como bien la registra el escudo nacional. Si bien el aprovechamiento de cada una de esas riquezas ha requerido el aporte adicional de capitales, mano de obra y liderazgo emprendedor, en un alto grado el ingreso resultante ha consistido en renta.

No sorprende entonces que el término “rentismo” aparezca con frecuencia, y siempre como acusación, en los trabajos de historiadores que estudian la evolución del Perú en los últimos siglos. Al rentismo se le atribuye una cultura de flojera, de poco esfuerzo y un bajo nivel de emprendedurismo. Además, cuando no existe un dueño natural, el reparto de rentas exige y estimula la intervención de la política. En una sociedad de sólidas instituciones democráticas el reparto de las rentas puede ser ordenado, pacífico e igualitario, como parece haber sido el caso de los países nórdicos, pero a falta de esa institucionalidad la presencia de rentas es una invitación para el uso de la fuerza, reforzando así el subdesarrollo institucional y la desigualdad.

También, cuando la gestión económica no está mayormente en manos propias, sino en el azar de la naturaleza o de los ciclos mundiales, la gestión se preocupa menos por el largo plazo, el ahorro y el mantenimiento y el avance gradual, cualidades fundamentales para la buena gestión duradera.

Pero ha pasado inadvertido un tipo de renta cuyos efectos han sido extraordinariamente positivos, tanto para la economía como para la igualdad. Me refiero al valor de los metros cuadrados en los centros urbanos, valor que ha ido aumentando exponencialmente a lo largo del último siglo, como consecuencia directa de la migración masiva y del crecimiento de las ciudades. Desde fines del siglo XIX, la población de Lima ha aumentado desde menos de 200 mil a más de 10 millones de pobladores, y otras ciudades han tenido un crecimiento similar. Ese crecimiento ha sido a la vez resultado y causa de aumentos en la productividad colectiva, generando empleo y mejores niveles de ingreso. Como explican los geógrafos de la urbanización, el crecimiento de las ciudades conlleva beneficios de aglomeración, especialmente por los efectos de la conectividad, y contribuye así a los mejores niveles de vida de la población urbana, tanto por el mayor acceso a los servicios como por el potenciamiento general de los negocios y de la productividad. Esa misma urbanización se ha venido produciendo en todos los países de alto crecimiento, muy especialmente en China y en la India.

Una consecuencia del efecto productivo de la aglomeración es el aumento en el valor del terreno urbano. En el caso del Perú, ese aumento ha tenido un efecto particularmente favorable porque la mayor parte de los nuevos pobladores de las ciudades ha obtenido sus terrenos a muy bajo costo, muchas veces sin pago alguno, y ha gozado de todo el beneficio que significa la revalorización de sus terrenos. Mi cálculo del valor aproximado de los terrenos ocupados por viviendas en Lima y en otras nueve ciudades principales, es un monto similar al del PBI total del Perú, más de 200 miles de millones de dólares. Se trata de un capital que ha aumentado solo por efecto del crecimiento global de la ciudad. Este valor representa a la vez un ahorro cuyo rendimiento supera largamente el interés que se podría haber obtenido en un banco o AFP y que, de hecho, está sirviendo de colchón para una gran parte de la población urbana. Quizás por primera vez, una renta (ingreso caído del cielo) ha favorecido a una mayoría de la población.

Publicado en El Comercio, 17 de Marzo del 2019.

Velocímetro de la economía

El único instrumento que orientaba a los primeros aviadores era el compás. Hoy, el tablero de control de un Boeing es un cuarto entero equipado con instrumentos de medición. Esa misma multiplicación numérica se ha dado en casi todos los aspectos de la vida moderna. Vivimos con los ojos pegados a un sinnúmero de cifras fluctuantes, porcentajes de aprobación de políticos e instituciones, ránkings de tenistas, rátings de programas de televisión, avances porcentuales en la ejecución de obras públicas, ‘likes’ recibidos en Facebook, nivel de colesterol y cuánta agua, bosque y especies nativas le quedan al mundo. Casi todos esos números son mediciones nuevas, cifras ni siquiera imaginadas por nuestros abuelos.

Paradójicamente, la economía se percibe como una ciencia centrada en los números, pero se ha beneficiado poco de los avances tecnológicos en la medición de resultados. El ‘dios’ de la economía es el llamado PBI, la suma de todo lo producido durante un año, el “tamaño de la torta”. Se puede debatir la composición óptima de ese total, y la injusticia en su reparto, pero esas discusiones pasan a un segundo plano porque lo innegable, se dice, es que, cuando se trata de PBI, siempre más es mejor. Pero si le vamos a dar tanta importancia a esa cifra, convendría educarnos acerca de cómo se calcula exactamente, en particular, de tres deficiencias que nos engañan acerca del verdadero tamaño de esa torta.

 

En los tres casos, el problema se origina en cómo medimos el valor de la producción. En la práctica, lo que podemos observar no es ese valor sino su costo en el mercado. El PBI, entonces, es una suma de los costos de todo lo producido. Pero el costo no siempre es una buena aproximación del valor de un producto.

Un caso es la producción que realiza el Estado. El supuesto del PBI es que el valor de lo producido por el Estado es igual a su costo, mayormente la planilla estatal. Desde el inicio del nuevo milenio se ha producido una fuerte inflación en el número de trabajadores estatales y en las remuneraciones promedio, inflación que el PBI registra como una verdadera mayor producción. ¿Pero, en realidad podemos decir que ha crecido tanto la “producción” de los servicios estatales?

 

Un segundo caso apunta, no a una exageración del PBI, sino más bien al revés. Se trata de avances tecnológicos tan grandes que llegan a trivializar los costos de mercado. Hace un cuarto de siglo invertí más de mil dólares en la compra de los doce volúmenes de la Enciclopedia Británica. Hoy, Internet nos proporciona toda esa información y cien veces más sin costo, un crecimiento productivo no registrado por el PBI. Lo mismo sucedió con la telefonía. Hace medio siglo, cuando estudiaba en el colegio en Canadá y se aproximaba la Navidad, mis padres me escribieron anunciando que mi regalo navideño sería una llamada telefónica, pero que, debido a su altísimo costo, la conversación no podía sobrepasar los tres minutos. Hoy, el país entero conversa por teléfono casi sin parar y a un costo mínimo. El abaratamiento de la comunicación ha sido tan radical que hoy la mitad de los hogares en pobreza extrema tiene un teléfono celular. Se trata de un “valor” gigante, cuya verdadera dimensión no es incluida en el PBI. Otro ejemplo de un valor no registrado por el PBI es el alargamiento de los años de vida. Hoy vivimos el doble de años de lo que era normal hace un siglo, más de 70 en vez de 35 a 40. Esos años adicionales de vida son un regalo, de valor casi inconmensurable, con seguridad mucho mayor a los costos de las mejoras en la salud pública, educación y economía que los ha hecho posibles y que han sido registrados por las estadísticas del PBI.

 

Un tercer caso de error en las cifras del PBI se refiere a la inversión. En ese caso estamos ante un simple error de concepto si es que queremos usar el PBI como medida de la torta creada por las actividades productivas. En esencia, una inversión equivale a comprar un billete de lotería, que quizás algún día rendirá más de lo que costó, pero quizás no. En cualquier caso, no representa una producción ya disponible. Sobran los ejemplos de inversiones, públicas y privadas, que rindieron menos de lo que costaron, así como otras cuyos resultados superaron largamente esos costos. El costo de la inversión viene a ser una estimación arriesgada del valor que generará más adelante, pero, en cualquier caso, tanto su costo actual como la posible mayor producción futura no son parte de una canasta o torta ya disponible … salvo que queramos considerar los billetes de lotería como parte de nuestro PBI personal. Personalmente, optaría por no mezclar los sueños con las realidades contantes y sonantes de hoy.

Publicado en El Comercio, 3 de Marzo del 2019.

País

¿País? Perú. Y a mucha honra.

Los formularios eran tan fáciles de llenar. Nací en la República del Perú, proclamada con ese nombre hace casi dos siglos, reconocida en el mundo, incluso por su dueña anterior, España, aunque el rey esperó 44 años para aceptar esa nueva realidad. Pero un país es más que pergaminos. Surgen varias preguntas para aclarar eso del país que nos corresponde.

Un aspecto es el territorial. Ciertamente, el Perú de hoy no es el Perú del imperio español cuando la frase “vale un Perú” se justificaba principalmente por las minas en lo que hoy es Bolivia. Pero, a diferencia de los países de Europa, donde las discrepancias y las agresiones territoriales dieron lugar a siglos de guerra y muerte, y donde hoy abundan los movimientos separatistas –solo en España se registran 18– el Perú, después de su dolorosa guerra con Chile y la pérdida de Arica, ha vivido en relativa paz con sus fronteras. Incluso un breve conflicto con Ecuador fue resuelto con un gesto, transfiriendo Tiwinza, un kilómetro cuadrado de selva norteña, para ser considerada como “propiedad” aunque no de soberanía del Ecuador. Sin embargo, hoy surgen conceptos de derecho territorial que empiezan a nublar el tema, cuestionando la soberanía de un país en tierras que se consideran de “propiedad” de comunidades indígenas.

Otra pregunta se refiere a eso de “república”. ¿En realidad vivimos en una comunidad normada por los principios de igualdad política y de derechos humanos señalados por la Constitución de 1883? En este aspecto, la brecha entre lo proclamado y la realidad ha sido chocante durante la mayor parte de la vida del país. Hasta mediados del siglo XX, menos del 5% o el 6% de la población podía acceder a las mesas de votación, excluyendo a las mujeres y a la población analfabeta, provincial y pobre, en flagrante contradicción con los principios de una república que no impedía que a los niños en todo el país se les enseñara a cantar “Somos libres”.

Un tercer aspecto es que ser país presupone, y a la vez ambiciona, ser además nación; una comunidad unida por su historia, su cultura y sus ambiciones. Un país puede existir en forma legal y formal sin el sentimiento nacional, pero el sentimiento de nacionalidad se requiere para ser un “país profundo”, como lo definió Jorge Basadre. Regresando a la fundación de nuestro país-república, es difícil imaginar un inicio menos auspicioso por su falta de una base de sentimiento nacional. Una interpretación de ese punto de partida sería que el país creado por la independencia contenía dos naciones extremadamente diferentes y separadas, la hispana y la indígena, que, si bien compartían una historia, esta era una de conflicto y de extrema dominación de una por la otra, algo poco propicio como pegamento social para un país profundo. También podría cuestionarse la existencia de una comunidad de experiencias y cultura en la población indígena, por el extremo aislamiento físico que imponía la geografía peruana.

Si un país profundo necesita de alma, su necesidad aún más urgente es un cuerpo, en la forma de un buen Estado. Y aquí, es chocante descubrir lo enclenque del aparato estatal peruano durante su primer siglo de vida. La debilidad de ese primer Estado fue explicable, tratándose del reemplazo de un sistema de control dirigido desde una España a varios meses de distancia, y basado –además– en funcionarios realistas, muchos de los que abandonaron el país tras la independencia. Además, la agenda y, por lo tanto, el aparato del estado virreinal heredado por la república era una estructura limitada, dirigida casi cerradamente a la extracción de rentas. Al final, la creación de un aparato estatal republicano, y con los términos de referencia y las ambiciones de un país independiente, resultó ser un proceso extremadamente lento, dificultando y demorando el desarrollo de la nueva república-nación.

La complejidad de un país no debe sorprender, tratándose de una colectividad humana. Como en toda colectividad, el progreso se basa en gran parte en el avance coordinado y mutuamente reforzado de sus partes, que para un país incluye sus principios legales, su territorio fácil o difícil, su alma de nación, su cultura, y la calidad de su Estado. Para el que se desespera por la lentitud del avance actual, recomiendo la lectura de un poco de historia. Nuestro avance ha sido lento pero la distancia recorrida desde la creación de la república peruana es asombrosa. Y recomiendo la filosofía de Sidney Webb (no es pariente), uno de los padres de la reforma social en la Gran Bretaña. Su frase más famosa fue “el gradualismo es inevitable”.

Publicado en El Comercio, 17 de Febrero del 2019.

Los no contactados

Siempre impresionan los avistamientos de los “no contactados”, habitantes que, según Wikipedia, “no tienen contacto con la sociedad dominante” y que hoy se limita a un manojo de pobladores escondidos en la Amazonía. Tal aislamiento es chocante en un mundo que ha llevado la conexión a niveles extremos, y cuya religión son los derechos humanos con una excepción –la privacidad–. Pero la sorpresa mayor viene cuando se busca conocer a los peruanos del pasado y se descubre que, si hoy los “no contactados” no son ni un décimo del 1% de la población, en el momento de la fundación de la República la población no contactada éramos una vasta mayoría.

 

La comparación no es exacta. Del selvático de hoy sabemos casi nada mientras que hace dos siglos la “sociedad dominante” sí tenía registrado el nombre y la ubicación de la gran mayoría de los peruanos, pero era un “contacto” meramente instrumental, como el que tiene el ganadero con sus animales o el hacendado con sus bueyes o esclavos.

 

Buscando “contacto” con los peruanos del pasado pensé leer las impresiones registradas por visitantes extranjeros al Perú a lo largo de los últimos siglos, aprovechando el número y la variedad de esas publicaciones y una excelente bibliografía y guía publicada por Estuardo Núñez. Pero el ejercicio me resultó frustrante. Según Núñez, hasta las últimas décadas del siglo XIX los grandes viajeros “habían incidido principalmente en los datos y observaciones de la naturaleza […] y solo en forma muy accidental o epidérmica les preocupaba la realidad del hombre”. Más allá de la geografía y de la vida natural, el interés de los viajeros se orientaba a los restos arqueológicos, a conocer sobre los grandes eventos y personajes políticos del momento y a descubrir oportunidades de negocio.

 

Pasando de los visitantes a figuras nacionales respetadas por su erudición y conocimiento de la nación me llamó la atención el libro titulado “Costa, sierra y montaña” de Aurelio Miró Quesada, que se aventuró a viajar por gran parte del territorio del país en las primeras décadas del siglo XX, fuente que le permitió redactar “un retrato entrañable del Perú”, según la presentación de Héctor López Martínez. Sin embargo, lo que veía Miró Quesada donde iba, no eran las personas allí residentes en ese momento, y menos aspectos de sus vidas cotidianas, medios de sobrevivencia, creencias o entretelones sociales y políticos. Además de la belleza de la naturaleza y de los restos arqueológicos, lo que Miró Quesada “veía” en cada lugar era el recuerdo de algún evento o personaje histórico asociado con la iglesia, el pueblo o puente al que había llegado, creando así un formidable panorama histórico-geográfico del país, pero casi sin referencia alguna a sus pobladores actuales.

 

Otra fuente para mi búsqueda de contacto con los peruanos del pasado fue la obra juvenil de Jorge Basadre, “La multitud, la ciudad y el campo”, título que sugiere una mirada no solo a los peruanos de la capital o adinerados sino a los diversos mundos y las poblaciones que hacían el Perú. Sin embargo, “la multitud” o “país profundo” no pasa de ser una abstracción, una categoría sin cara. Ciertamente la vasta obra de Basadre contiene referencias y luces que alumbran en algo las caras y la vida individual de los que integran esa multitud, pero la atención central está puesta en la gran política, el juego de tronos de los que dirigían o buscaban dirigir el Estado y sus instituciones. La “multitud” no figuraba en el elenco de la obra.

 

Hace cuatro décadas el historiador Eugen Weber revolucionó el conocimiento de la historia de Francia con su obra “De campesinos a franceses”. Weber explica que, hasta esa fecha, su concepto de la historia consistía en sucesos urbanos, políticos e intelectuales. El campo y los pueblos pequeños no pasaban de ser un apéndice de esa historia. El descubrimiento de la historia de un pequeño pueblo fue el gatillo para esa revolución en su propia concepción del desarrollo, sobre todo para comprender lo que significa el salto de un mundo aislado, cerrado, “no contactado”, al mundo moderno de alta conexión y contacto. Siguiendo esa pista, Weber se sumergió en las múltiples facetas del mundo rural de Francia, como la multiplicidad de idiomas que subsistían hasta el siglo XX, la tardía llegada de vehículos con rueda y el impacto central de los caminos, el crimen y la justicia local, y la llegada de colegios.

 

La historia peruana sigue una evolución similar, con la ayuda de antropólogos que aportan más preparación y disposición para descubrir las vidas de los que hasta ayer han sido parte de la gran masa, o “multitud”, de peruanos no contactados.

 

Publicado en El Comercio, 3 de Febrero del 2019.

¿País a la deriva?

Me llamó la atención el título de un libro del historiador Heraclio Bonilla, “Un siglo a la deriva”. Bonilla se refiere al siglo XIX, aquella “centuria perdida” de nuestra historia, que además habría producido en el siglo XX un “trágico desenlace” con la sujeción de la economía peruana al mercado internacional. Más aun, los sucesos de los años recientes de nuestro país, de flagrante desorden político y pérdida de dinamismo económico, parecen sugerir que las causas del daño producido durante ese siglo a la deriva siguen surtiendo efectos.

 

Pero, ¿qué exactamente significa “estar a la deriva” cuando se quiere explicar un siglo de historia? La alternativa implícita sería un país cuya autoridad es quien viene determinando la ruta del viaje, no necesariamente con el mejor criterio, pero por lo menos con el timón en sus manos. Si no se llega a buen puerto, la explicación sería un error de navegación, y no el haber estado a la deriva y en manos del azar. A pesar de la posibilidad de error de la autoridad, el país que sale adelante sería el que decide su propio destino, dirigiendo la nave en función de un conocimiento de sus posibilidades y debilidades.

 

En mi opinión, la figura que sugiere Bonilla, de un país a la deriva, es una buena aproximación a la realidad gubernativa del siglo XIX. Sin embargo, mi impresión es que las consecuencias de esa ausencia fueron menos trágicas de lo que Bonilla y una mayoría de historiadores argumentan. La razón es que lo que dejaron de hacer los que debían remar fue realizado en gran medida por mareas humanas y tecnológicas que transformaron al recién nacido país.

 

La primera, y quizás más potente de las intervenciones externas que nos levantaron, fue la llegada a principios de siglo de la recién descubierta tecnología del motor a vapor. Antes de la aparición de los barcos a vapor, las poblaciones de la costa peruana, en la práctica, existían tan separadas y desconectadas como islas en un archipiélago del Océano Pacífico. El viaje de Lima a Paita era una travesía que consumía semanas a caballo o a mula y que limitaba el peso de carga. Más cómodo y con más margen de carga era el velero, pero igualmente lento. Todas esas dificultades se multiplicaban en el viaje de regreso de Paita a Lima debido a las corrientes y vientos de nuestra costa. De la misma manera, los viajes de la costa a la sierra, y dentro de la misma sierra, eran odiseas de muchos días a caballo o mula. Comentando el extremo aislamiento de la vida rural serrana en 1930, Uriel García escribió: “La aldea es claustro montañero […]” y “cada pueblo es una cueva donde el hombre vive preso”.

 

Ese estado de extrema desconexión, que en la práctica contradecía la existencia de una verdadera nación y relativizaba enormemente la existencia de un Estado nacional, empezó a cambiar finalmente durante el siglo XIX, primero con la llegada de la navegación a vapor, más tarde con el invento del ferrocarril, y finalmente con el invento del automóvil. Podríamos decir que, si la existencia legal de una república nació con la guerra de la independencia, la economía del recién creado país nació gradualmente, primero con la llegada de las tecnologías del transporte y de la comunicación, y luego con sucesivas olas de tecnología productiva que multiplicaban la productividad en casi toda actividad productiva, como los inventos alimenticios como el pollo y el huevo producidos en fábricas, el fideo y la galleta, el avance médico que venció las fiebres que impedían el pleno desarrollo de los valles de la costa, el cemento que cambió la construcción y las tecnologías textiles que permitieron abaratar la ropa.

 

Sin duda el aprovechamiento de todas esas mejoras productivas se facilitaría en un país que no estuviera “a la deriva”, pero con o sin esa ventaja un motor principal de nuestro avance seguirá siendo la marea tecnológica.

 

Publicado en El Comercio, 21 de Enero del 2019.

¿Industrialización o ‘servicialización’?

Leía una historia de la llegada de los ferrocarriles a la costa del Perú, durante el siglo diecinueve. El nuevo medio de transporte, recién inventado, abarató y facilitó el movimiento de producto y contribuyó al auge en la exportación de minerales, y del algodón, el azúcar y la lana. Pero el autor de la obra, economista titulado y profesor de una prestigiosa universidad, resta importancia al enriquecimiento que resultó por efecto del mayor movimiento económico, argumentando que se trataba de un excedente resultado “no de una actividad productiva sino más bien de una pura actividad comercial”.

 

Adam Smith tiene gran parte de la culpa del ninguneo a los servicios. Según Smith, un trabajo solo es productivo si se encarna en un “bien”, como sucede en una fábrica. El trabajo del músico, cocinero, payaso, soldado e incluso, del gobernante no serían productivos. Esta diferenciación entre las actividades de la industria y de los servicios fue recogida y realzada por Marx, multiplicando el error de Smith.

 

Pero el ensalzamiento de la manufacturera se apoya también en una segunda raíz. Se trata del papel histórico que jugaron las fábricas en el despegue económico, primero de Inglaterra durante el siglo XVIII, y luego en Estados Unidos y Europa durante el XIX, despegue al que se le conoce, justamente, como “revolución industrial.” Queda claro que, históricamente, las fábricas fueron los ‘strikers’ en el partido contra la pobreza, consecuencia del tipo de avances tecnológicos de esos años y que en gran parte se concibieron especialmente para elevar la productividad de las maquinarias usadas en las fábricas. No sorprende, entonces, que el término “industrialización” se haya vuelto sinónimo del despegue económico buscado por los países del tercer mundo.

 

Sin embargo, la versión comúnmente aceptada acerca de la revolución industrial, en la que la industrialización es prácticamente sinónimo de desarrollo, nos puede despistar, tanto cuando interpretamos el pasado –como en el argumento acerca de los ferrocarriles del siglo XIX– como cuando queremos fijar lineamientos de política para el desarrollo futuro.

 

La comparación con el equipo de fútbol lo dice todo. Sabemos perfectamente que, a pesar de la atención que reciben los goleadores, ganar un partido es obra de once jugadores. En el caso de una economía, existen experiencias de actividades que despuntan individualmente, como los hallazgos de petróleo o yacimientos de algún mineral, y que pueden ser explotadas casi aisladamente del resto de la economía. Pero más comúnmente el desarrollo de una actividad requiere de los aportes de otros componentes de la economía y de la sociedad. Esa concurrencia de diversos sectores y actividades, como la de los once jugadores de la selección, es la clave del éxito.

 

Un indicio de esa interdependencia la encontramos en los datos que revelan las estructuras productivas de los países. Contradiciendo la idea de una equivalencia entre desarrollo e industrialización, se descubre que las actividades largamente dominantes en los países ricos son los servicios, que hoy producen 75% del PBI total, mientras que la manufactura es apenas 20%, tendencia que sigue aumentando. En Estados Unidos, los servicios generan incluso 79% del PBI y 86% del empleo. En Alemania y Japón, dos naciones que se consideran casi arquetipos del éxito industrial, el porcentaje del empleo dedicado a los servicios llega a ser 80% y 82% respectivamente.

 

En general, se empieza a entender que el desarrollo depende no de la creación de una u otra actividad en particular sino de la existencia de una plataforma institucional y de servicios necesarios para cualquier actividad. Las ciudades cumplen gran parte de esa función, de tener a la mano una multiplicidad de proveedores de los bienes y servicios necesarios para una actividad en particular, permitiendo de esa manera una constante evolución de actividades que aprovechan las cambiantes oportunidades del mercado. La trama central de esa plataforma son los distintos medios de comunicación y de transporte, pero son centrales también los proveedores de seguridad, de financiamiento y la cercanía de las autoridades con quienes es necesario dialogar continuamente para definir las múltiples interpretaciones legales que requiere toda actividad.

 

Entender la función central de la plataforma de servicios nos ayudaría también a lograr una apreciación más completa de nuestra historia. El criterio generalizado de que el siglo XIX fue un siglo perdido para el desarrollo económico peruano, sustentado en gran parte en el poco crecimiento de industrias manufactureras, como afirmaba el autor citado en esta columna, debe ser complementado con una mirada más integral a los avances logrados en cuanto a la creación de esa plataforma productiva, incluyendo medios de transporte, bancos, talleres mecánicos, y una institucionalidad más estable y previsible. La creación de ese conjunto de facilidades y servicios tiene que ser el objetivo principal de una política de desarrollo. La tarea del historiador, entonces, es complicada porque no todo el avance es fácilmente visible, como sucede cuando ha llovido en el desierto, y una semilla de algarrobo, fertilizada por una cabra y enterrada en la arena, toma vida debajo de la tierra para finalmente brotar más adelante.

 

Publicado en El Comercio, 06 de Enero del 2019.

Historia brevísima

La última columna que nos dejó Enrique Bernales, “El Estado que no somos”, lamentó la falta de autoridad en el Perú, de “la autoridad que administra el orden, la seguridad, la paz y los servicios necesarios para una coexistencia pacífica”. Si bien Bernales acepta que todo Estado se construye en el tiempo, considera que para esa tarea “nos ha faltado continuidad, perseverancia y estabilidad”. La explicación, entonces, se encontraría en el pasado. Pensando en esa deficiencia evolutiva, me puse a hacer una breve recapitulación de nuestra historia, de los casi 500 años desde la Conquista.

 

Lo más saltante de esa reflexión fue comprender la mocedad de la nación peruana, conclusión que sorprende porque nos hemos creído nuestra propia propaganda, esa de “Perú, país milenario”. ¿Acaso no es difícil caminar por cualquier rincón del país sin tropezarse con una huaca o un huaco? Pero, buscando una explicación de las deficiencias que reclamaba Bernales, lo que interesa no es la edad de los restos arqueológicos sino el tiempo que ha existido para el siempre gradual proceso de formación cultural y nacional.

 

Para empezar, los casi 300 años de la Colonia fueron un período de mínima posibilidad de desarrollo político nacional, mucho menos dentro de un esquema de democracia y derechos humanos. En ese lapso, el Perú era un simple territorio, propiedad personal del monarca español, que desde España tomaba las decisiones y daba las órdenes que dirigían la vida de la Colonia. La mayor parte de esas instrucciones se dirigían al objetivo central de la propiedad colonial, la extracción de rentas en la forma de oro y plata, y del monopolio comercial. Una consecuencia de ese gobierno a distancia, severamente limitada por las demoras en la comunicación y dificultades para la fiscalización, fue la instalación del famoso “se acata pero no se cumple”, concepto hoy convertido en la informalidad que debilita y relativiza la aplicación estricta de las normas. Si bien en la Colonia se presentaban retos que podríamos considerar de carácter nacional, como el trato a la población indígena, la nación peruana y su Estado correspondiente, existían solo en forma potencial, como semillas de algarrobo que han caído en la arena y deben esperar décadas y hasta centurias hasta que una poderosa lluvia las active.

 

Esa activación se dio finalmente con la independencia, cuando recién puede iniciarse un proceso de desarrollo nacional en el molde de una república democrática. Pero el contexto para la nueva nación no incluía la previa existencia de un Estado nacional, mientras que, de otro lado, debía enfrentar enormes brechas regionales, raciales y económicas que debilitaban, hasta casi ridiculizar, las pretensiones del proyecto republicano. De hecho, la mayor parte del siglo fue consumido por conflictos armados y caos estatal. El intento de Manuel Pardo de forjar una nación en el molde del proyecto republicano terminó en su asesinato.

 

Un obstáculo adicional para el desarrollo de un Estado nacional durante todo el siglo XIX fue la extrema desconexión interna del país. Hasta fines del siglo, el Perú era un país extremadamente pequeño en población, con apenas dos millones de ciudadanos que vivían casi todos esparcidos y mayormente aislados en áreas rurales de la sierra. Incluso las pequeñas poblaciones de los valles de la costa vivían casi sin conexión entre ellas por la falta de caminos, la dificultad de cruzar desiertos y la lenta navegación. Antes de la llegada de las naves a vapor, el viaje de Paita a Lima podía demorar varias semanas. En la sierra la mayor parte de la población vivía en pequeños pueblos severamente aislados uno del otro, como ha descrito Uriel García. “La aldea es un claustro montañero donde la acción del hombre tiene un límite constreñido […]. Cada pueblo es una cueva donde el hombre vive preso”. Como bien entendió Pardo, la solución de esas separaciones físicas era una condición necesaria para la creación de una nación.

Solo en los últimos años del siglo XIX e inicios del XX se inicia un verdadero despegue que combina un crecimiento económico más diversificado con acercamientos políticos que incluyen el acceso al sufragio, la tolerancia de movimientos obreros, y una burocracia más ordenada y solidaria. El marco que hizo posible esos avances fue un salto, casi revolución, del transporte y de la comunicación. Sin embargo, pasaría gran parte del siglo XX antes de que esa nueva conexión llegara a los pequeños pueblos-claustros de Uriel García.

 

El avance hacia un Estado funcional está condicionado al desarrollo de camiseta, los sentimientos de solidaridad y de pertenencia que, a su vez, se refuerzan cuando se percibe un Estado que realmente representa a todos. El salto tecnológico en la conectividad producido por los caminos, el celular y el Internet están contribuyendo a crear nación, lo que a su vez facilita y apoya al Estado. Contribuye también el desarrollo del mercado, donde el éxito depende de la cooperación, de la confianza, del conocimiento del otro y del buen trato. Estamos avanzando hacia el objetivo que todos compartimos con Bernales.

 

Publicado en El Comercio, 23 de Diciembre del 2018.

¿Ya fue?

Leyendo historia y más historia me asalta una duda. Lo que cada autor revela, ¿es en realidad un suceso que ya fue? El lujo de detalle y el sustento en aceptadas teorías sociales hacen verosímil cada versión, que sería entonces una foto del pasado. Presentando la quinta edición de su historia de la República, Basadre explica que hacer historia contribuye a la maduración nacional. Tomar conciencia del pasado, dice, es una forma de aceptar, precisamente, que ese pasado ya pasó. Y que lo que corresponde ahora es aceptarlo “como carga de gloria y de remordimientos”. Algo así como la terapia del psicoterapeuta, cuando nos hace revivir el recuerdo. ¿Pero, tendría efecto el tratamiento si el paciente reinventa su historia en cada visita?

 

Uno de los eventos más impactantes para la historia universal ha sido la revolución industrial que se inició en Gran Bretaña durante el siglo XVII. Desde entonces, no ha parado el proceso de continua innovación tecnológica y sigue transformando el patrón de vida de la mayor parte de la humanidad. El proceso de innovación se extendió a otros países, primero en Europa y Estados Unidos, y luego a casi todo el resto del mundo, elevando la productividad, la residencia urbana, y los niveles de salud y de ingreso de la humanidad. ¿Pero, cómo empezó tamaña revolución? ¿Por qué en Gran Bretaña, y en esa fecha? Existen historias que explican el fenómeno desde hace más de dos siglos, aprovechando excelentes bases documentales. Sorprende entonces que hoy, en el siglo XXI, se presenten historias alternativas de esa revolución, nuevas “fotos” que echan por tierra las explicaciones anteriores.

 

Las primeras teorías de la repentina innovación británica resaltaban el efecto inesperado de una abundancia de carbón y escasez de mano de obra en Inglaterra, creando una desventaja frente a las fábricas de la India donde abundaba la mano de obra. Este estilo de explicación, donde la innovación empieza inducida por desventajas económicas y se vuelve luego una práctica continua, se ve hoy retada por teorías más sociológicas, que buscan una explicación en el siglo de la Ilustración, que creó una cultura científica y redujo las barreras psicológicas a la innovación tecnológica. En todo caso, a pesar de los siglos transcurridos, en menos de dos décadas del nuevo siglo han aparecido numerosas nuevas “historias” del evento quizás más importante de la vida humana.

 

Otro fenómeno que removió al mundo fue Hitler, por lo que se entiende la abundancia de historias que han intentado recontar y explicar su aparición, su monstruoso racismo, y su papel extraordinario en la historia del siglo XX. El volumen de obras explicativas es tan grande que se ha pasado ya a un segundo nivel de la historiografía, la “historia de las historias de Hitler” de John Lukacs, obra que nos da pistas para entender cómo se transforman o retocan las “fotos” que ofrece cada historiador.

 

En mi vida he sido testigo directo de otro proceso de revisionismo, en este caso las teorías e historias derivadas que pretenden explicar el desarrollo económico en el Tercer Mundo. Como estudiante me enseñaban que el ahorro y la inversión eran lo central. Esta tesis fue transformada en historia por Walt Rostow quien demostró que el “despegue” de los países principales de Europa se había dado solo cuando la inversión superaba el 15% del ingreso nacional. Se reconocían otras causas del desarrollo, pero la clave era una, el ahorro. Desde ese inicio de simpleza tajante, la teoría del crecimiento ha venido complicándose, especialmente con el reconocimiento de factores sociológicos como son la cultura y las instituciones, y otros factores que elevan la eficiencia y la productividad. Hoy, la receta para el desarrollo se resume en el Índice de Competitividad que elabora el Foro Económico Mundial y que incluye nada menos que 98 indicadores, cada uno de los cuales se considera importante para el crecimiento económico. ¡Tamaña complejidad para los historiadores que buscan explicar el retraso o desarrollo de su país!

 

Vaticino nuevas “historias” del desarrollo peruano. La reinvención tendrá en cuenta las nuevas teorías, pero también las nuevas realidades y preocupaciones. De hecho, el milenio ha traído una sorpresiva energía en el frente de la historiografía de la economía, y con una apertura a nuevas ideas. La toma de conciencia del pasado se viene produciendo, aunque más que aceptar los hechos que han “pasado”, como pedía Basadre, los historiadores siguen revisando y reinventando ese “ya fue”.

 

Publicado en El Comercio, 09 de Diciembre del 2018.

Hardware y software de la democracia

Cunde la preocupación y la desilusión en cuanto a nuestra democracia. A diario se reclama que la corrupción y la inseguridad han aumentado, que la ejecución de los ministerios y de los gobiernos locales se ha vuelto menos eficaz, y que el avance de la economía se ha estancado. Lo que no queda claro, por lo difícil que es hacer comparaciones con otros períodos de gobierno, es si efectivamente esos males hoy son mayores. Los historiadores nos aseguran que la corrupción ha sido una constante tanto en la colonia como en la República. Alfonso Quiroz, en particular, se tomó el trabajo de hacer un inventario de las acusaciones a través de los siglos, identificando etapas de mayor y menor corrupción pero dejando en claro que el fenómeno ha sido parte de la peruanidad. Y tanto la calidad ejecutiva de la gestión gubernamental como el grado de inseguridad ciudadana carecen de mediciones estadísticamente válidas para distintas etapas de la historia.

 

Lo que sí se puede precisar con estadísticas es que el dinamismo actual de la economía es menor al promedio registrado durante los años anteriores. Sin embargo, la diferencia resulta ser menor a lo que se cree, especialmente porque el aumento de la población ha disminuido. Así, el crecimiento del PBI por persona este año será del orden de 2,5%, menor al promedio de 3,2% al año registrado entre 1990 y el 2016, pero no una diferencia que justifique las acusaciones alarmadas de un estancamiento.

 

Para entender las versiones que insisten en un grave deterioro en nuestra gobernanza convendría echar una mirada a otros países donde, lo que salta a la vista es que esas mismas críticas y preocupaciones son compartidas en la mayoría de las democracias del mundo. Incluso, con la misma rapidez de una gripe que de un día para otro tumba a gran parte de los alumnos en un colegio, las democracias del mundo han sido afectadas por un inesperado e incapacitante virus. Incluso los casos más saltantes de ese deterioro gubernamental incluyen las democracias icónicas de Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania, pero además otros países de Europa, y muchos países en desarrollo como las Filipinas, Brasil y México. Las características principales del virus incluyen un retorno al populismo y al racismo, un crecido nivel de antagonismo y cólera, y un deterioro en la capacidad de los gobiernos para la buena gestión económica y social. Todo indica que nuestros males son parte de una enfermedad cuyas causas no son exclusivas al Perú sino compartidas con gran parte del mundo.

 

Me atrevo a sugerir una explicación, partiendo de mi teoría casera de los requisitos de una democracia efectiva. Los requisitos más conocidos son los de la estructura legal acerca de los componentes institucionales y procedimientos para el reparto democrático del poder, que podríamos definir como el hardware de una democracia. Pero la democracia requiere contar además con una cultura de trato, respeto, tolerancia, razonamiento, y de alternancias, arreglos y transacciones, lo que podríamos definir como el software informal de la democracia. El virus que hoy afecta a tanta democracia en el mundo claramente no es atribuible a los componentes legales y formales. Todo indicaría, más bien, que el virus ha sido producido por una descomposición en los componentes informales del buen gobierno, la cultura de trato, comunicación e interrelación entre personas; o sea, en el software del gobierno democrático.

 

¿Cuál sería la causa de esa descomposición? El origen del mal, creo, se encuentra en los extraordinarios cambios en la tecnología, frecuencia y costo de la comunicación, primero con la llegada de la televisión, y luego con Internet y las redes sociales. En todo el mundo la repentina facilidad y el abaratamiento de la comunicación han tenido como resultado un aumento radical en la frecuencia del intercambio de información y opinión. Lo que antes se realizaba mayormente en forma personal, por escrito o cara a cara, y además en forma ocasional debido a sus costos, hoy se ha vuelto una comunicación casi sin costo y sin parar, en efecto, un diluvio comunicativo que, además, es en gran parte impersonal. El resultado ha sido una especie de dependencia tóxica. Los medios son consultados casi continuamente, y para asegurar esas consultas, los proveedores de información elevan el contenido emotivo y llamativo, levantando el peso de la imagen a costa de la sustancia. Lo mediático es casi lo opuesto a las virtudes informales del buen trato, el necesario software de los de una buena democracia. La información es esencial para una buena democracia, pero es necesario que las formas de provisión respeten y no destruyan el software informal de ese gobierno.

 

Publicado en El Comercio, 25 de Noviembre del 2018.

Por una taza de té

La migración internacional está en el centro de las noticias. En todos los continentes hay poblaciones enteras que buscan migrar para escapar de la pobreza, las guerras, la discriminación y la falta de libertad en sus países, y que aprovechan las modernas facilidades de transporte y de comunicación para aventurar la emigración. De otro lado, las noticias diarias nos informan de diversas fricciones y reacciones negativas a la llegada de migrantes en la mayor parte de los países receptores.

 

Sería muy oportuno entonces conocer la experiencia de la migración internacional del pasado. Y ninguna más interesante e importante que la de los ciudadanos chinos que salieron de su país para repartirse por el mundo entero en lo que, hasta la fecha, ha sido el evento migratorio más grande registrado por la historia.

 

Justamente esa experiencia es el tema del estudio que ha realizado Luis Chang Reyes, ingeniero peruano que ha ejercido el cargo de embajador del Perú en China, y cuya fascinación por el tema responde en parte al deseo de conocer más acerca de los orígenes de su propia familia.

 

Como el arroz chaufa, la historia que cuenta Luis Chang se construye con una sorprendente variedad de ingredientes. El inicio es un incidente casi frívolo, cuando una reina británica descubre el estimulante sabor del té caliente, afición que se propaga rápidamente entre sus súbditos. Pero resulta que el único país productor de té en esos años era China, y el gobierno de esa nación cerraba las puertas al intercambio internacional. La historia toma entonces un camino de alta política y bajeza humana. Los comerciantes británicos conciben una estratagema de masiva narcotización de la población china, creando así una necesidad que obligaría a China a compartir sus hojas de té. Para ese efecto, y con el respaldo de su gobierno, los comerciantes despachan cargamentos de opio adquiridos en Turquía a diversos puertos de China. Cuando el Gobierno Chino insiste en la prohibición comercial, el Gobierno Británico envía buques de guerra y se producen dos “guerras del opio” que humillan a China, y que terminan obligándola a recibir la droga a cambio del té.

 

Pero lo que sucede a continuación es el verdadero tema de la historia que cuenta Luis Chang. Obligada al intercambio y debilitada por guerras internas y externas, China no puede impedir una ola de emigración. Se inicia un tsunami demográfico que no ha sido igualado en la experiencia mundial. Durante un siglo, entre 1850 y 1950, más de diez millones de ciudadanos chinos emigraron de su país, repartiéndose a través de todos los continentes e integrándose en casi todos los países del mundo, incluyendo, como bien sabemos, el Perú. Acaso la contribución principal del estudio de Chang consiste en documentar las consecuencias de esa presencia país por país.

 

Un descubrimiento que sorprende y alienta ha sido el relativo éxito de esa migración para su asimilación pacífica y mejora en condiciones de vida a pesar de la enorme variedad de culturas y circunstancias encontradas entre los diversos países de llegada. Sorprende, además, que, a pesar de ser de muy reducido nivel económico, educativo y social en sus lugares de origen en China, los migrantes han demostrado no solo laboriosidad sino también capacidad empresarial en casi todos los países de destino, volviéndose casi siempre los dueños de gran parte de los pequeños negocios comerciales. Tan es así que los problemas de relación con los habitantes en los países de destino han resultado más por ese éxito competitivo que por haberse vuelto cargas de pobreza. Y, en particular en varios países asiáticos, como Malasia, Singapur e Indonesia, las colonias chinas se constituyeron en motores de desarrollo que contribuyeron sustancialmente al despegue económico de esos países.

 

Publicado en El Comercio, 11 de Noviembre del 2018.