Otra hambre

Casi sin darnos cuenta, se ha producido un reseteo del hambre económico. Así, lo que parecía una lucha eterna por las necesidades físicas del cuerpo humano –alimentación, ropa, techo– ha dado lugar a un hambre de lo intangible, una búsqueda de satisfacción de las necesidades del alma o, por lo menos, de las emociones.

En las estadísticas, dicho cambio se encuentra representado en gran parte por la creciente producción de servicios y la reducción correspondiente en la importancia de los bienes físicos. Los economistas siguen asociando el desarrollo con la “industrialización”, una palabra que se usa como sinónimo del progreso. Sin embargo, desde hace medio siglo, en todo el mundo la producción de bienes físicos –trátese de la agricultura, la minería o la industria– se viene achicando como proporción de la economía, mientras que la producción de servicios intangibles aumenta. Los países del club de las naciones desarrolladas –la OCDE– dedican hoy el 70% de su producción a los servicios. Estados Unidos, que sigue siendo la mayor potencia industrial, solo dedica un 12% de su economía a la manufactura, mientras que los servicios contribuyen al 77% de su PBI. Incluso un país que sigue siendo pobre, como el Perú, dedica más de la mitad de su economía a los servicios.

La explicación se encuentra en la revolución tecnológica que ha permitido la masificación y el abaratamiento a niveles antes impensables de los productos industriales. Al mismo tiempo, la nueva tecnología aplicada en la agricultura ha producido un fuerte aumento en la producción de alimentos. También en la minería, nuevas tecnologías para extraer los minerales han convertido cerros inútiles en valiosas minas. Ese gran salto tecnológico, iniciado en el Reino Unido hace dos siglos y medio, se ha venido extendiendo por casi todo el mundo, elevando la producción de los bienes industriales y creando una histórica abundancia y abaratamiento de los productos físicos. Un resultado de esto ha sido la reducción sustancial en los niveles de la pobreza en el mundo.

Pero el resultado más paradójico ha sido la casi saturación de la demanda de los bienes físicos, y su creciente reemplazo por servicios. Cuando empezaba mi vida, artículos de uso diario como zapatos, camisas, lapiceros, libros, vajillas y muebles tenían un valor considerable en el presupuesto del hogar, incluso para la clase media, por lo que se valoraban, remendaban y cuidaban durante años. Hoy, el abaratamiento de los bienes ha dado lugar a la compra caprichosa, al uso descuidado y a una explosión de basura. Gran parte de lo que se compra es desechado rápidamente, multiplicando la necesidad de manejo adecuado de los residuos.

En el Perú, un quinto de la población padece un estado de pobreza; o sea, una insuficiencia de alimentos y otros bienes básicos para la sobrevivencia, de “productos” que se encuentran relacionados mayormente con la economía de los bienes. Pero el hambre prioritario que hoy siente la mayoría de la población consiste en un hambre de seguridad, salud, educación, transporte efectivo, buena comunicación, distracción, y la tranquilidad que viene con un estado justo y efectivo. Se trata de una “producción” que emana más bien de la economía de los servicios, un mundo no siempre bien entendido y con características y formas de organización que muchas veces difieren de las que asociamos con la producción en el campo y en las fábricas.

Además, la oferta de esos servicios o valores intangibles tiene un componente grande de autoproducción y de producción voluntaria o no remunerada, como es el nuevo mundo de la responsabilidad social. Para muchos, la economía de los bienes físicos es un mundo de esencia individualista y egoísta, pero la economía de los servicios, si bien en gran parte depende también de empresas capitalistas, exige además un mayor grado de participación propia, como es el caso de un buen sistema de transporte, o de buena salud, o del esfuerzo propio del estudiante, o de los vecinos que colaboran para su seguridad colectiva. Si es cierto que la economía de los bienes nos aleja del espíritu, quizás la nueva economía de los servicios nos acercará a la verdad que expresaba Jesús cuando dijo que “no solo del pan vive el hombre”.

Publicado en El Comercio, 15 de Setiembre del 2019.

A la deriva

Heraclio Bonilla explicó la decepción histórica de la joven república peruana con una poderosa imagen: un país “a la deriva”. El proyecto republicano se habría frustrado por la anarquía y por la debilidad nacional ante los países imperialistas. Más aún, la acusación de estar “a la deriva” parece no haber perdido vigencia, y sirve como una descripción perfecta de la triste falta de dirección política y administrativa actual del Perú. Cabe preguntar, entonces, si en algún momento hemos dejado de estar a la deriva.

Pero ante tanta incapacidad de control, se impone otra pregunta: ¿Cómo fue posible multiplicar en 200 veces el tamaño de la economía peruana desde la independencia –de US$1.000 millones en 1820 a US$211 mil millones en el 2018?–. A la pequeña barca de la economía peruana siempre le ha faltado timón, buenos capitanes y una clara ruta de navegación, ¿pero será que, por suerte, ha sido llevada por mareas benevolentes, por corrientes que, como la de Humboldt, actúan poderosamente aunque en forma poco visible? Ciertamente, una de esas corrientes favorables ha sido el incesante avance tecnológico del mundo que, año tras año, nos ha permitido multiplicar la productividad en casi todo tipo de actividad. Más aún, la llegada oportuna de esos avances, como las máquinas a vapor en el siglo XIX y las tecnologías mecánicas y químicas en el siglo XX, ha sido facilitada por la presencia aprovechadora de países imperialistas que, cual ganaderos inteligentes, decidieron primero engordar a su ganado. Otra corriente que nos ha favorecido en forma callada pero sustancial ha sido la gigantesca expansión de una economía mundial que cada día nos pide más productos. Malagradecidos, nos hemos fijado más en los vaivenes de esa curva de expansión –sus ciclos y crisis– que en su pendiente tan favorable a la larga.

En la década de la Independencia Nacional, el ingreso promedio en Chile era igual al peruano. Hoy, es el doble. Pero el nacimiento de la república chilena también dio lugar a una etapa de mucho descontrol. El historiador chileno Francisco Antonio Encina, por ejemplo, condenó las primeras décadas de su país llamándolas años de “anarquía”, de “infancia mental” y de “ambiente de manicomio”. Un período que fue calificado como “la lucha por la organización del Estado”. La turbulencia política estuvo entonces presente en ambos países durante su primer siglo, con cambios frecuentes de jefes de Estado, conatos de rebelión y guerras de frontera, aunque su incidencia habría sido menor en el caso chileno.

Podría decirse que una evidencia de mayor control en el país vecino, de estar menos “a la deriva”, fue la ventaja económica que adquirió sobre el Perú durante su primer siglo, pasando de tener un ingreso medio igual al peruano en el momento de la independencia a ser tres veces mayor al cierre del siglo. Sin embargo, esa diferencia se produce principalmente por la guerra entre ambos países, cuando la destrucción y la pérdida productiva, junto con la apropiación de la riqueza del salitre por parte de Chile, causaron un retraso enorme a la economía peruana. Pero si bien la derrota militar, y el fuerte bajón sufrido por la economía en esa década podrían ser atribuidos a la deriva peruana, el resultado fue una rápida recuperación y el inicio de una nueva etapa de avance económico. Así, la economía peruana ha crecido más rápidamente que la chilena desde 1900, a pesar de esa continua debilidad. No sería el primer caso de una derrota que termina dando vigor a un país.

Estar a la deriva no siempre tiene la cara del caos político y de la debilidad administrativa. En más de una ocasión, ha tenido una cara de lo contrario: de fuerte liderazgo y de capacidad ejecutiva, pero en manos de banderas más ideológicas que prácticas. La historia de la gestión pública incluye malos pasos que deben atribuirse, no a una falta de capacidad de gobierno sino, quizás, a su exceso. Un caso fue la malhadada decisión del gobierno del general Velasco Alvarado de acelerar la industrialización de nuestra economía a través de un conjunto de medidas de protección y subsidio. Otro caso, del mismo gobierno “fuerte”, fue la reforma agraria colectivista cuyo diseño ignoraba muchas realidades del campesino al que se buscaba apoyar. Ambas políticas fueron ejecutadas rápidamente, con coherencia, pero al final terminaron puestas de lado. Un tercer caso de “deriva” producida por un Estado que en su momento tuvo decisión, concepto y mayoría ejecutiva, fue la política macroeconómica del primer gobierno de Alan García.

Después de un desperdicio de tiempo y de recursos estatales, en cada uno de esos tres casos se han logrado sólidas mejoras pero regresando a un estilo de gobernanza menos dramático y creído, dando la impresión quizás de estar a la deriva. Lo que se va descubriendo es que el buen gobierno –el no estar a la deriva– tiene mucho de transacción política, de aprendizaje gradual y de evitar las salidas falsas.

Publicado en El Comercio, 1 de Setiembre del 2019.

Soldado desconocido

En la foto de la independencia figuran solo dos personajes. Y ninguno tiene cara de futuro héroe de la economía. Uno es el aristócrata, bien rentado, a quien no le interesa construir nada. El otro es el indio aplastado, incapaz de la más mínima iniciativa para salir adelante. Sin embargo, y a pesar de ese elenco poco prometedor, desde ese primer 28 de julio hasta el presente la economía productiva de la nueva República se ha expandido más rápidamente que las economías de la mayoría de las potencias hoy desarrolladas, incluyendo Gran Bretaña, Japón, Alemania, Francia e Italia.

Pero, ¿quién fue el artífice, el realizador de ese salto productivo? ¿Será que en la foto había un personaje escondido, hasta ahora no reconocido? ¿O será que la imagen es trucada, editada para reforzar un mensaje? Lo cierto es que las economías son creaciones humanas –no se levantan solas– y su desarrollo no es posible sin múltiples actos de iniciativa empresarial, inversión arriesgada, y sacrificio de comodidades y vida familiar. Estando a solo dos años del bicentenario, es hora de ponerle cara y nombre al desconocido héroe, en realidad grupo de héroes de la economía, los responsables de ese milagro productivo. Pero para eso debemos descubrirlos.

Para orientar la búsqueda, definamos el perfil de ese personaje. Buscamos a los empresarios aventureros, los creadores de nuevos productos y nuevas formas de organización y producción, los pioneros de nuevos mercados y nuevas tecnologías, tanto en el campo y en la ciudad, un grupo humano que ha evadido a los historiadores pero que ha venido transformando y empoderando nuestra economía durante dos siglos. Sabemos que ese grupo existió a lo largo de la República, por la simple razón de que alguien tiene que haber realizado la proeza productiva que hoy constatamos en las estadísticas. Pero si excluimos a la élite hispana y las “masas” indígenas del liderazgo empresarial, ¿quién queda?

¿Pudo tratarse de una clase media, no aristocrática, pero tampoco oprimida económicamente? La historia nos dice poco de ese grupo humano. Su existencia se empieza a reconocer, pero como un fenómeno reciente, y su aparición estaría asociada más al papel de apoyo administrativo que al de las iniciativas empresariales. Sin embargo, cuanto más se acerca el historiador a una localidad, más emerge el perfil de grupos medios cuya combinación de poder político y poder económico abre posibilidades de iniciativa empresarial.

El extremo de esas miradas de cerca es la del antropólogo, y es justamente la visión que más enfatiza el papel de los grupos medios. Así, un resultado que se repite en los estudios de comunidad es el descubrimiento de una enorme desigualdad interna. Un estudio pionero de comunidades en Puno realizado hace medio siglo descubrió una estructura interna cuya desigualdad era una mímica de la desigualdad a nivel nacional. Así, una “plutocracia” conformada por apenas el 2% de los comuneros era dueña de gran parte de la tierra y de los animales, y muchos tenían una tienda e implementos como un radio o una lámpara a presión, conviviendo con comuneros con poca o incluso ningún pedazo de tierra. Típicamente, entre los “ricos” de la comunidad estaban comerciantes, profesionales, funcionarios públicos y clérigos, y sus recursos incluían el poder político. La desigualdad comunera tenía una función política, favoreciendo la capacidad de control desde los niveles más altos de la sociedad. Pero es probable que también contribuyó a la acumulación de capacidades económicas y políticas necesarias para el emprendimiento local, tanto en negocios como transporte y comercio, como en inversión en mejoras agrícolas.

Esa misma diversidad de situación económica y política se descubre también a niveles más altos de la escala social, como revelan algunos estudios de la propiedad de haciendas. El estudio de haciendas en Lambayeque realizado por Susan Ramírez, por ejemplo, descubre un alto grado de rotación en el destino de los capitales, con compras y ventas relacionadas a la diversidad de negocios de sus dueños. La propiedad de haciendas fue dinamizada también en la sierra de Huancavelica y Junín con el movimiento de capitales entre la minería y la agricultura. Queda la impresión de que, mientras más uno se acerca a los detalles de la sociedad local en los siglos anteriores, más se descubren evidencias de comportamientos empresariales que, si bien en su gran mayoría eran de pequeña escala y de poca visibilidad, fueron sumando calladamente a la creación del avance global que registran las estadísticas nacionales.

Publicado en El Comercio, 18 de Agosto del 2019.

¿Cuál historia?

Nuestra economía republicana, ¿ha sido un éxito o un fracaso?
Cualquier juicio histórico es un atrevimiento. La evidencia de lo que fue llega escasa y sesgada, y lo que pudo ser es adivinanza. Para navegar el pasado, el historiador se ayuda con una hipótesis que organiza la investigación pero que, a la vez, elude hechos incómodos para tal hipótesis.

El veredicto más citado en cuanto a la economía republicana fue pronunciado por Rosemary Thorp y Geoffrey Bertram, y el carácter persuasivo de su historia descansa en gran parte en la claridad de su enunciado inicial, opinión que anuncian desde el primer párrafo. Su objetivo, dicen, será “explicar cómo un país famoso por sus riquezas naturales ha avanzado aparentemente tan poco”. O sea, el libro se lanza para explicar un fracaso.

Publicado en 1978, en un contexto nacional de abundante pobreza e interminable crisis económica, la hipótesis parecía razonable. Sin embargo, la base estadística para una opinión era débil; aún no existían estadísticas del PBI referidas a los años anteriores a 1950. Para adivinar el pasado más lejano, los autores se apoyaron en un conjunto de estadísticas parciales, y también en la óptica de sus teorías del crecimiento.

Hoy, finalmente, contamos con mediciones del PBI de hasta tres siglos atrás, gracias a las investigaciones de los economistas Bruno Seminario y Arlette Beltrán de la Universidad del Pacifico, un trabajo que nos obliga a reconsiderar el argumento de Thorp y Bertram.

Los cálculos de Seminario y Beltrán revelan que el PBI del Perú ha crecido 2,8% en promedio cada año durante los dos siglos desde la independencia, una cifra que supera el crecimiento de casi todos los países europeos durante ese período. Gran Bretaña –el mismísimo pionero de la industrialización– logró apenas 1,9%, Alemania 2,2%, Francia 1,9%, e Italia 2%. En América Latina nos superaron ligeramente Chile y Brasil con 3,2% cada uno, pero empatamos con México.

¿Debemos hablar, entonces, de un fracaso económico? ¿O siquiera de “poco avance”, como escriben Thorp y Bertram? Si el volumen productivo de la economía peruana hoy es 30 veces más grande que en 1821, ¿acaso no deberíamos contar la historia de un éxito? O, por lo menos, una historia que explique ¿cómo una economía tan obstaculizada por lo inhóspito de su geografía, su aislamiento de los mercados mundiales y lo problemático de su estructura social pudo, no obstante, superar el crecimiento de los principales países de Europa?

Ciertamente, el nivel de ingreso peruano sigue siendo muy inferior al de Europa, una diferencia que se debe, primero, al atraso inicial, hace dos siglos, cuando antes de la revolución industrial el nivel productivo de Europa era muy superior al nuestro, quizás especialmente en la agricultura. Un segundo factor que limita nuestros niveles de ingreso ha sido el mayor crecimiento poblacional del Perú. La distancia que nos sigue separando de los ingresos europeos no se explica tanto por una incapacidad productiva como por el dinamismo demográfico.

¿Cómo explicar el vigor del PBI peruano durante un tiempo tan largo? ¿Y cómo explicar que no contemos con una historia que se dedique a contestar esta pregunta? Son interrogantes para una nueva fase de investigación, pero me atrevo a sugerir una pista: cambiemos de canal.

Nuestro devenir económico ha sido una realización mucho más democrática que plutocrática, al revés de lo que transmiten los textos de historia, centrados en la minería y en la agricultura de exportación. Esas actividades, juntas, sumaron apenas el 10 o el 15% del PBI en todo el período que se inició en 1821. El resto, o sea el 80 o el 90% del valor de producción, ha sido realizado por individuos, pequeñas y medianas empresas cuyo protagonismo ha sido mayormente ignorado a pesar de su papel central en la superación del crecimiento de la misma Gran Bretaña durante dos siglos.

Publicado en El Comercio, 4 de Agosto del 2019.

Cosechando números

Vivimos un ‘boom’ de números. La mayoría referidos a la actualidad, pero también se desentierran datos que iluminan las penumbras del pasado. Siendo el quincuagésimo aniversario de la reforma agraria, sería pertinente preguntarnos qué hay de nuevo en cuanto a la historia de nuestra agricultura. Dos números sorprenden.

El primero está referido a los dígitos históricos que gatillaron la reforma agraria y que se convirtieron en una de las estadísticas más potentes de nuestra historia política. La extrema desigualdad en la propiedad de la tierra era una realidad harto conocida y comentada durante siglos, pero recién en 1961, con la realización de un censo agropecuario, esa realidad fue convertida en un número. Según el censo, apenas dos mil familias poseían el 70% de la tierra agrícola mientras que casi un millón de familias vivían con menos de cinco hectáreas cada una. Las cifras, además, fueron avaladas por un grupo de expertos internacionales reunido en la Comisión Internacional de Desarrollo Agrario, reforzando su credibilidad y la sensación de que, por fin, se ponía una cruda realidad sobre la mesa y al descubierto.

La cifra del censo fue llamativa y tuvo una fuerte influencia, quizá decisiva sobre el curso de las políticas, pero no fue una sorpresa. Al contrario, su potencia radicaba precisamente en la confirmación de percepciones subjetivas y sentimientos morales anteriores. La sorpresa vino unos años después, con el trabajo del economista José María Caballero, respetado profesor en la Pontificia Universidad Católica, miembro del Instituto de Estudios del Perú, especializado en economía agraria y simpatizante de la reforma. No obstante sus simpatías progresistas, Caballero refutó la cifra del 70% tomada del censo, y calculó más bien que la propiedad de los grandes terratenientes era apenas el 12% del total de tierra agrícola. Según Caballero, una cosa era el número de hectáreas de un fundo, otra la productividad de esa tierra. Sumar hectáreas sin distinguir si se trataba de tierra con o sin riego, o de tierra cultivable o solo pasto, era hacer caso omiso a enormes diferencias de productividad y rentabilidad. El error sería igual al de calcular un capital inmobiliario solo tomando en cuenta los metros de calle de una edificación, sin incluir el número de pisos. El cálculo de Caballero tomó en cuenta esas diferencias, y reveló una estructura de propiedad mucho menos desigual. El evidente acierto de su metodología ha sido confirmado por otros economistas. En un cálculo reciente, Eduardo Zegarra, de Grade, por ejemplo, considera que se necesitan casi cien hectáreas de pasto natural para poseer el valor de una hectárea de tierra irrigada en la costa.

La sorpresiva cifra de Caballero no desvirtuaba la existencia de la desigualdad, y más bien alentaba una mirada más completa a las ventajas no directamente productivas que podían tener los latifundios, especialmente para el control político, comercial y del agua en un territorio. No obstante, su cálculo fue un balde de agua fría para el argumento apasionado de una altísima concentración. Justificable o no, la medida de la reforma requería claramente de un conocimiento frío y técnicamente adecuado de la situación.

Una segunda sorpresa estadística se refiere al crecimiento productivo del sector agropecuario durante los últimos dos siglos. Años de ninguneo han creado una muy baja expectativa en cuanto al futuro aporte de la agricultura al desarrollo general del país, acumulándose una lista de deficiencias e impedimentos que justifican ese pesimismo. Se reconocen períodos de éxito exportador agrícola, como los casos del azúcar y el algodón, y actualmente frutas y verduras, mientras que la agricultura para el consumo interno casi no es mencionada. En casi toda historia del sector, uno de los términos más repetidos es la palabra ‘crisis’.

De allí la sorpresa que produce una reflexión elemental: si la población nacional ha aumentado de 1 a 32 millones de habitantes en el espacio de dos siglos, ¿cómo se ha podido alimentar a toda esa gente? Ciertamente, se ha producido un aumento en la importación de alimentos, pero dos tercios del consumo interno de alimentos siguen siendo producidos en el país, mayormente por pequeños y medianos agricultores. Y además de alimentarnos, el agro produce más y más para exportar. El simple hecho del crecimiento poblacional, especialmente en las ciudades, es una prueba de que con o sin crisis, con o sin apoyo del Estado, la agricultura ha realizado una proeza, aumentando su volumen de producción más de cien veces, una tasa de crecimiento comparable al de los países más desarrollados. En el ring con Malthus, quien no se imaginaba una expansión sostenida de los alimentos, nuestros agricultores han ganado por K.O.

Publicado en El Comercio, 21 de Julio del 2019.

Dos

Conversando con el chofer durante un viaje en Cajamarca, le pregunté por la opinión de los cajamarquinos sobre la mina de oro Yanacocha, la más grande de América Latina, ubicada a 48 kilómetros de la capital del departamento. La mina claramente había traído empleo a la zona, pero en elecciones recientes la población había rechazado la propuesta para construir nuevas minas. “Es que en Cajamarca tenemos dos ánimos”, me dijo. Me intrigó su respuesta, y ahora he comenzado a descubrir la omnipresencia del número dos.

Veo el dos cada vez que leo historia. El arqueólogo, por ejemplo, descubre unas ruinas y se pregunta: “¿Qué había aquí? ¿Cómo habrán cortado esas piedras?”. El historiador también averigua el qué y el cómo, pero en su alma la pregunta central se reduce a dos opciones: ¿aprobado o jalado? Jorge Basadre, en diez volúmenes y numerosos ensayos, recuenta el qué y el cómo de nuestra historia republicana, pero lo que recordamos es que, al final, les baja el dedo a nuestros antepasados. Una república o se logra o no se logra, y no me vengan con términos medios. Basadre siguió alentando, insistiendo en que la república todavía era una posibilidad, pero no cejó en su obligación fiscal.

Esa fijación con dos categorías que tiene el historiador –la aprobación y la desaprobación– no perdona ni siquiera a la historia económica, un terreno inherentemente cuantitativo donde las preguntas centrales nunca son un sí o un no, sino siempre cuánto y cuándo. Producción, ingresos, inversiones, exportaciones, impuestos, todos son números que pueden ser pequeños o grandes, pero difícilmente calificados como éxito o fracaso, salvo que se cuente con teorías de incuestionable aceptación acerca del qué, el cuánto y el cuándo del manejo económico, cosa impensable a estas alturas si recordamos que en un mismo año se otorgó el Premio Nobel a dos economistas cuyas teorías se contradecían frontalmente. ¿Con que cara, entonces, un historiador cualquiera emite un juicio acerca de un suceso económico?

Desde que recuerdo, uno de los términos más usados para describir al Perú es ‘dualismo’. El estereotipo del Perú es el de un país partido en dos, fracturado entre ricos y pobres, indios y blancos, urbano y rural, costa y sierra, moderno y tradicional. En el Prefacio de su historia del Perú, Peter Klaren confiesa: “Mi enfoque es el de la lucha entre la élite hispana y las ‘masas’”. Son miradas dicotómicas que dramatizan, pero pasan por encima muchas diferencias y, además, pierden de vista los cambios lentos que terminan redibujando el mapa, como se ha dado, por ejemplo, con el idioma. Cuando se realizó el censo de 1940 se pudo comprobar que, efectivamente, éramos un país dividido en dos en cuanto al idioma: el 47% tenía el castellano como lengua materna. Hoy, la proporción del castellano ha subido hasta el 83%. Otro cambio gradual, pero que ha transformado al país, es el crecimiento de la clase media. En todos los textos acerca de la estructura económica de los peruanos deberíamos tachar la frase “dividido en dos” y, por lo menos, escribir “dividido en tres”. La misma corrección desdramatizante se requiere para lo étnico, debido a que hoy somos una gran mayoría mestiza (60%), un puñado de blancos (6%), un cuarto quechua-aimara y un salpicado de otros.

Pero el dualismo se reinventa. Quizás han empezado a desaparecer las diferencias entre Lima y el Perú profundo, pero hoy se descubre una nueva bipolaridad que explicaría gran parte de los problemas del país: la formalidad y la informalidad. Con el entusiasmo del descubrimiento, nos convencemos una vez más de haber ubicado una llave del progreso.

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El pedal del PBI

Un niño de 3 años sabe perfectamente dónde pisar para acelerar el carro. Me pregunto entonces, por qué estamos aquí, un país entero, esperando que el chofer adivine dónde está el pedal. El manual está en la guantera, pero mejor sería ver uno mismo cómo lo hacen otros choferes. Podríamos escoger un ejemplo revisando los resultados del concurso mundial del PBI. Hoy en día participan casi 200 países.

La opción más cercana sería una visita a Chile, famoso como modelo del buen manejo económico, pero… ¡oops!, su performance anual en los últimos cuatro años fue peor que la nuestra: Chile 2,2%, Perú 3,6%. Aunque nos ofenda el orgullo, mejor sería ir a Bolivia, país que nos superó cómodamente con un promedio anual de 5,1%.

Pero si vamos a viajar, de una vez vayamos a los países de categoría top, concentrados en Europa. Allí, donde inventaron la combinación de revolución industrial con democracia. Más aun, asumiendo su papel de modelo para el resto del mundo, los europeos se han dado el trabajo de formar un club con severas reglas de etiqueta para el comportamiento económico, político y social, la llamada Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Nunca más felices sus funcionarios que cuando están explicando las bondades de sus políticas públicas para lograr la felicidad en la tierra. Su proyecto Sigma, por ejemplo, se dedica a difundir el aprendizaje de buenas prácticas de gobierno entre los países vecinos en África y el Medio Oriente.

Pero quizás fue otra mala idea. Resulta que el crecimiento económico de la OCDE en los últimos cuatro años ha sido de apenas 2,5%, por debajo del 3,6% registrado por el Perú. Solo tres de sus 36 países integrantes superaron el crecimiento peruano. La nación más competitiva del mundo, según el Índice de Competitividad Global, es Suiza, pero en los últimos cuatro años su crecimiento económico anual (1,8%) fue apenas la mitad del crecimiento peruano. Otro campeón de la competitividad que tampoco dio vuelo fue Alemania, cuyo crecimiento del PBI fue también de apenas 1,8%. (¿Será que nuestras políticas son mejores que las de la OCDE?).

Pero superar a los famosos no basta. Tenemos que encontrar recetas para hacerlo mejor. Viajemos entonces para conocer a los verdaderos ‘cracks’ contemporáneos del PBI. Por ejemplo, Etiopía, país que registró la tasa de crecimiento más alta del mundo desde el 2013, sin la ayuda de algún fabuloso recurso natural, como el petróleo o los minerales. Pura muñeca. Otros ‘cracks’ poco conocidos fueron Costa de Marfil, Uzbekistán y Turkmenistán, con tasas sostenidas de 7% u 8%, y todos ubicados entre los diez más dinámicos del mundo. Curiosamente, en todos esos casos el despegue se ha producido a pesar de altas tasas de corrupción. ¿La corrupción habrá facilitado el resultado, “aceitando” las ruedas de los negocios? Ciertamente parece ser el caso de los dos gigantes del crecimiento, China y la India. Pero también es cierto que dos de los campeones del crecimiento, las islas de Irlanda y de Islandia, se cuentan entre las naciones menos corruptas del mundo. Eso sí, para visitarlas se debe viajar bien abrigado. En Irlanda llueve casi todo el año e Islandia es una roca pegada al hielo ártico.

Ciertamente, hay formas de acelerar el PBI sin tanto viaje y estudio. La receta favorita consiste en elevar y/o apurar la inversión. Cabe recordar que toda inversión es contabilizada inmediatamente como más PBI, independientemente de si su efecto eventual es un aumento en la eficiencia o en la producción. Las grandes obras que construyó el gobierno de Velasco, la carretera Interoceánica, la refinería de Talara, ministerios fastuosos, todos fueron contados en su momento como más PBI a pesar de su limitada o nula contribución productiva. En mi opinión, se trata de un defecto del sistema de contabilidad del PBI, pero lo cierto es que para el ego nacional tiene la gran oportunidad de crear una imagen de dinamismo, justamente como se hizo durante los últimos gobiernos.

Y la fórmula para lograrla es relativamente simple –reducir el horario de trabajo de la contraloría, de las procuradurías y de la fiscalía a solo una hora diaria–. También se debe obligar a los gobiernos regionales y locales a gastar el 100% de sus presupuestos cada tres meses.

Como diría el niño en el carro: “¿Qué tanto problema para arrancar? Si allí nomás está el pedal”.

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Ciegos

El mundo vive un gigantesco avance en su capacidad para ver. Nuestros ojos han sido potenciados por el telescopio, el microscopio, la cámara, la radiografía, el video y, más recientemente, la pantalla del celular, los drones y el satélite de Google Earth (durante un huracán en Estados Unidos, desde una pantalla en Lima pude visualizar, día a día, la altura del agua en la casa donde estaba atrapada mi hija). En tiempos antiguos solo Dios tenía esa capacidad para ver todo lo que sucedía en el mundo en cada instante.

Hasta ahora, esa ciencia y tecnología se ha limitado a reforzar solo una parte de lo que usamos para ver –los ojos de la cara–. Pero el acto de “ver” requiere además del trabajo que hace una parte del cerebro. A cada instante, los ojos de la cara registran miles de imágenes, pero solo “vemos” una pequeña proporción de ellas, las que reciben un visto bueno del “ojo del cerebro”. Sin darnos cuenta, el cerebro revisa el pantallazo completo recogido por los ojos de la cara y decide cuáles de esas tomas pasarán a la conciencia. En una carretera pasan por la vista miles de vehículos pero ninguno es registrado hasta que el cerebro nos alerta, por ejemplo, acerca de un vehículo cuyo movimiento es amenazante. Se trata de una parte del cerebro que es intuitiva, no reflexiva y muy rápida, cuya función es proteger y favorecer nuestra sobrevivencia biológica. Sin embargo, ese mismo mecanismo, concentrado en el bien del individuo, hace más difícil la vida colectiva.

Los adelantos históricos de la ciencia y la tecnología de los últimos años han elevado la productividad en toda área de actividad, produciendo un avance extraordinario en las condiciones de vida económica y social de una mayoría de la población mundial. Paradójicamente, al mismo tiempo y en casi todo el mundo observamos un retroceso generalizado en la calidad de la gobernanza colectiva. Devesh Kapur, director de estudios asiáticos en la Universidad John Hopkins de EE.UU., comenta, por ejemplo, la “transformación fenomenal” que vive la India en cuanto a la conectividad y visibilidad, tanto entre ciudadanos como en negocios, con programas vastos de caminos, puertos, energía e identificación individual biométrica. Sin embargo, la polarización política en la India ha aumentado, especialmente la religiosa y étnica, y ha crecido la incidencia de ataques y asesinatos personales. Muy conocidos también son los retrocesos recientes de convivencia política y social que se han producido en EE.UU., en la mayor parte de Europa, en Indonesia, y en gran parte de América Latina, incluyendo, por supuesto, el Perú.

Según Kapur, la conectividad y “visibilidad” producida por las redes sociales y WhatsApp han contribuido al divisionismo comunitario en la India. Ciertamente la coincidencia casi universal entre ese deterioro político y la mayor visibilidad sugiere una relación causal. En todo caso, en el Perú es urgente examinar las causas del deterioro social y político. Mi hipótesis es que los medios modernos de comunicación, si bien crean luz, también están reñidos con la calidad de la vida colectiva. El costo de la conflictividad social y política, incluyendo la criminalidad, es enorme y merece un esfuerzo mucho mayor de investigación. Si antes la ciencia aplicada a la tecnología merecía una primera prioridad, como instrumento para elevar la productividad económica, hoy la mayor rentabilidad económica y la prioridad social parecen estar más bien con la investigación de las buenas y malas artes de convivencia social. Yo sugiero empezar con una mirada a cómo funciona ese ojo del cerebro, cuya dedicación exclusiva a los intereses de su dueño dificultan el sacrificio individual que es necesario en todo trato colectivo.Como niñera que cuida a un bebe, el cerebro nos conoce, nos cuida y nos engríe.

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Menos invisibles

De la historia esperamos fidelidad a los hechos. Pero también poesía. ¡Vaya el reto! Más aun, es un reto tanto para el historiador, que debe decidir el qué y cómo de su relato, como para el lector, que busca motivación, pero no el abandono de su criterio propio. Por eso el kit para construir una nación siempre incluye un podio “reservado para el historiador insigne”, el que mejor resuelve la necesidad de una historia con rigor, pero también con capacidad de inspirar. La Roma Antigua contó con Tácito, cuyas historias combinaban el relato de hechos con juicios morales aleccionadores, mientras que los británicos siguen leyendo la gloriosa historia nacional de Thomas Babington Macaulay. El Perú tiene la buena fortuna de un Jorge Basadre, cuya erudición y entereza moral aplastan cualquier duda acerca de la veracidad, pero quien, a la vez, nunca pierde el sentido de responsabilidad patriótica inherente a su labor, tanto que su trabajo a veces se concibe como historia poética.

La base de toda historia es la pedestre data, el registro de los sucesos del pasado, y de allí nace no solo una limitación general sino un sesgo especialmente pronunciado para el caso peruano. Basadre alude a ese sesgo cuando se refiere a la “patria invisible,” al “Perú profundo,” y a la diferencia entre el “Perú oficial” y el “otro Perú”, términos que aluden a una invisibilidad de la mayoría de la población y territorio. En efecto, el registro de la vida de la mayor parte de la población durante el primer siglo de la República es casi inexistente, y lo que tenemos de historia para ese período se refiere casi exclusivamente a la política y la economía de los “dueños del país” de esa época. El vacío de información en los registros nacionales es tan grande que muchas veces acudimos a las impresiones y estimaciones extraoficiales que publicaban visitantes y diplomáticos extranjeros durante esos años.

Buscando más referencias, leí con gran expectativa la obra “Paisajes peruanos” de José de la Riva-Agüero, quien, muy joven, viajó por la sierra durante el año 1912. El libro fascina por sus reflexiones y calidad literaria, mereciendo un prólogo de 162 páginas de Raúl Porras Barrenechea, y es considerado como uno de los primeros esfuerzos de intelectuales para descubrir el país interior. Sin embargo, en todo el viaje los ojos y la mente del autor están puestos casi exclusivamente en el paisaje y en la historia que evocan pueblos, iglesias y otros lugares, más no en la vida actual de la población. Otro libro con similares referencias, de Aurelio Miró Quesada, titulado “Costa, sierra y montaña” y publicado en 1947, es igualmente decepcionante como referencia para conocer algo de la vida en el interior del Perú en esos momentos. Como de la Riva-Agüero, lo que Miró Quesada reporta consiste en paisajes y recuerdos históricos, casi sin referencia a las personas o aspectos de la vida actual en los lugares que visitó.

Hoy, es difícil imaginar o comprender el extraordinario vacío de conocimiento que tenía la clase gobernante, en cuanto a la mayor parte del país que gobernaba. Ciertamente, muchos de ellos sí conocían y hasta vivían parte de sus vidas en haciendas y pueblos del interior. Sin embargo, esos contactos hacían poco para crear algún acercamiento humano entre el Perú oficial y el “otro Perú”. Incluso antes de llegar a los instrumentos de dominación política, esa distancia significaba un obstáculo mayor para el desarrollo de un país compartido. En 1854, por ejemplo, ante un brote de fiebre amarilla en Lima, se sugirió aislar a los enfermos en un nuevo hospital en las afueras de la ciudad. Sin embargo, la Junta Suprema de Sanidad vetó la propuesta diciendo que “los enfermos solo son extranjeros y del interior, no de la población”. Es chocante la idea de una supuesta invulnerabilidad de los que sí eran “población”, cosa que se descubrió rápidamente. Pero aún más chocante es que, tres décadas después de la independencia, la inmensa mayoría de los peruanos aún no eran considerados parte “de la población”.

Estas referencias ayudan para darnos cuenta de la extraordinaria transformación del Perú durante el último siglo. La revolución en la tecnología de la comunicación y en la facilidad del movimiento físico en el país nos ha llevado casi a otro extremo de mutuo conocimiento, y de interacción en todos los ámbitos –político, económico y social–. Ese cambio estructural ha contribuido enormemente al progreso de la democracia y al acercamiento mutuo en la población.

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Lima, precursora del celular

En su aspecto físico, no se parecen. Pero si lo pensamos, es evidente que la función de una ciudad es la misma que la de un celular: conectarnos. Desde hace varios milenios, la cohabitación ciudadana fue desarrollada como un potente instrumento para multiplicar el control social, la productividad económica y la expresión cultural. Con el invento de la ciudad, la raza humana pasó de la vida tribal, ambulatoria y de mera sobrevivencia, a la civilización.

¿Cuál fue el aporte de Lima al Perú? Para la opinión general, la respuesta es negativa y frustrada. Durante cuatro siglos de existencia, desde su fundación hasta finales del siglo XIX, Lima tuvo una vida pasiva en lo económico y en lo cultural, viviendo de la economía del resto del país más que de su propia productividad. Además, su vida ensimismada dejó poco espacio para la creatividad cultural, como podría haber sido un mestizaje entre las dos fuertes tradiciones, hispana y nativa, como sí ocurrió en, por ejemplo, México. Incluso en cuanto a su función principal –el control político–, el resultado fue una bancarrota cuando España perdió su colonia, un fracaso estatal que fue prolongado durante la mayor parte de ese siglo por guerras civiles y el conflicto bélico con Chile. Ese papel triste de Lima parecía reflejarse en las observaciones de viajeros que visitaron al Perú durante los años finales de decadencia de la colonia, cuando esta había agotado gran parte de sus riquezas. El novelista Herman Melville, creador de “Moby Dick”, describió a Lima como la “más extraña y triste ciudad que usted pueda ver”.

Con semejante currículo, el papel de Lima en el siglo XX resulta ser una sorpresa. Así, durante los años finales del siglo XIX, cual capullo que finalmente se abre, emerge una Lima radicalmente diferente, una ciudad que empieza a cumplir su misión conectiva. La reactivación se da en la economía general del país pero, a diferencia de períodos anteriores de crecimiento nacional, el nuevo auge incluye un fuerte crecimiento de la misma economía limeña. Este proceso ha sido resumido por Víctor Velásquez en su libro “Lima a fines del siglo XIX”. Ya en años recientes habían llegado la navegación a vapor, los ferrocarriles y el telégrafo, explica, pero en los últimos años del siglo XIX se vuelve intensa la transformación urbana, en especial con la llegada de la electricidad y del servicio telefónico. En este período, Lima es propulsada además por las iniciativas de negocios de un gran número de inmigrantes, de Europa y Japón, además de chinos que quedan liberados de los contratos laborales con los que habían sido motivados para llegar al Perú. En esos años de cierre de siglo surgen bancos, fábricas y sociedades científicas en Lima, que despiertan y educan un nuevo interés en el resto del Perú.

Las semillas de esa nueva vocación limeña, más empresarial y de mirada nacional, ahora acompañan el desarrollo de otras regiones, especialmente la minería y la agricultura de exportación. Más aun, la economía limeña, basada en una diversa combinación de manufacturas, transporte, servicios, construcción y comercio, termina volviéndose el motor principal de la economía peruana, creciendo más rápidamente que las actividades extractivas. El dinamismo productivo de Lima ha sido tan grande que su propia producción ha pasado de ser apenas el 10% del PBI del país (siglo XIX), a constituir el 60% en la actualidad, además de haber incorporado a un tercio de la población del país.

El secreto del dinamismo limeño radica en la mayor productividad que produce la conexión. Podríamos decir el “efecto celular” que, antes del celular, se lograba simplemente con la proximidad física en el área urbana. Evidentemente, el secreto no es una patente peruana. La concentración urbana es ahora el camino para todos los países, especialmente para los menos desarrollados. China sigue hoy una estrategia de “urbanización inteligente”, creando conjuntos de ciudades grandes –cada una más grande que Lima– que se interrelacionan entre sí y coordinan infraestructura, especialización y normatividad. En la India hay más de una ciudad cuyo PBI es más grande que la del todo el Perú. La cercanía y la interrelación, aprovechando las lógicas de los “corredores”, de las cadenas de valor, de la rápida difusión de tecnologías, y sobre todo de la simple cercanía, se han vuelto ‘el secreto’ del desarrollo. Como es obvio, el invento reciente del celular llega para sumarse y quizás aumentar sustancialmente la ventaja urbana de la proximidad física.

Se deduce que un criterio central para la gestión de una ciudad tiene que ser la fluidez del movimiento e interconexión interna. Desde esa perspectiva, es preocupante la creciente congestión urbana de Lima, tendencia que amenaza el dinamismo que la ciudad ha mostrado durante más de un siglo y que ha contribuido sustancialmente no solo al desarrollo productivo del país, sino también a la democratización que es efecto de la convivencia. Un dato reciente abona a esa preocupación: la mayor productividad laboral de Lima. Esa productividad, medida por el ingreso promedio por trabajo de las familias, ha sido sustancialmente mayor en Lima que en las áreas rurales. En el 2004, la diferencia productiva era de 3.5 a 1.0. En el 2018, esa diferencia es solo de 2.7 a 1.0. Viene cayendo la ventaja productiva de los limeños. Todo indica la necesidad de una mayor celeridad para mantener la fluidez del tránsito y de la comunicación en general en la ciudad; o sea, del arma secreta de la productividad de Lima.

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