El gran hipódromo

Arranca un nuevo año académico, y los jóvenes deben optar por una carrera. ¿Hacia dónde “correr”? Lo que está en juego son dos apuestas.

La primera es totalmente personal. ¿Quién soy? ¿En qué ocupación me voy a realizar a plenitud? Se trata de un autoexamen nada fácil. Antes de cumplir 20 años, ¿quién se conoce realmente? Además, un joven difícilmente puede conocer cómo es la experiencia de vida en las diversas ocupaciones cuando no son las de sus propios padres. Pero la segunda apuesta es quizás la más difícil. ¿Cuáles van a ser las profesiones con mayor demanda, o con mayor relevancia social, dos o tres décadas adelante? Decidí entonces compartir algunas observaciones propias, recogidas a lo largo de mi vida de trabajo, y que quizás sirvan de alerta en ese difícil reto apostador.

Hasta el grado de bachillerato estudié dos profesiones, Economía y Geografía, sabiendo que, eventualmente, tendría que optar entre ellas. Mi favorita era la Geografía, quizás porque tuve una niñez semirrural, llena de paseos y aventuras en el campo y de viajes a otros países. Pero me fui dando cuenta de que las opciones de trabajo como geógrafo iban a ser reducidas. Como disciplina académica desaparecía, y como profesión para la vida práctica no existía. Con pena, opté por seguir un doctorado en Economía y, desde Europa –donde estudiaba–, les informé a mis padres que estaban en Lima. Mi madre me escribió entonces diciendo: “Qué pena, hijo, porque eso significa que no te veremos más; porque esa carrera no existe en el Perú”. Lo que decía era cierto en esos años. Existían facultades de “Economía, Contabilidad y Administración”, pero el contenido de economía era casi nulo. Sin embargo, sucedió lo inesperado. Terminé mis estudios y fui contratado por el BCR justo cuando se prendía el foquito de la economía como ciencia. En los siguientes años, el mismo BCR se volvió un motor de formación de economistas, seguido de una que otra universidad. Se produjo un ‘boom’ de la ciencia económica. En 1956, menos de 200 universitarios en el Perú estudiaban Economía. Para 1988, el número aumentó a casi 30.000. El prestigioso economista iba a resolver los problemas del país. Sin embargo, desde ese pico, la economía ha venido perdiendo interés. El número de estudiantes se ha estancado y, como porcentaje, se ha reducido sustancialmente porque los empleadores hoy buscan gente menos teórica y más práctica; por ejemplo, expertos en finanzas.

En ese camino, se produjo una segunda sorpresa. Hacia fines del siglo pasado, empecé a darme cuenta de una nueva temática que se insertaba en casi todas las reflexiones y debates de política, la ecología. Hoy, es casi imposible hablar de cualquier tema productivo o social sin hacer referencia al medio ambiente; y, con el calentamiento climático, su importancia, sin duda, va a seguir aumentando. Al principio, escuchaba “ecología” y lo percibía como un tema novedoso, hasta que un día me di cuenta de que se trataba de mi primer amor profesional, la geografía, pero rebautizado. La “geografía”, que estudia la relación entre la gente y la tierra, había desaparecido tan completamente como uno de esos ríos que desaparecen debajo de la superficie de la tierra, pero, kilómetros después, reemergen a la superficie, más brillosos y cargados que nunca.

Una tercera sorpresa empezó en los años 70, cuando recién se había abierto la Universidad de Lima y conversaba con una de sus estudiantes. Me contó que estudiaba “Comunicación” y que había una facultad entera dedicada a esa especialidad. Me costó tomarlo en serio. Sabía de facultades de Periodismo, y que en algunas academias se daban cursos de Relaciones Públicas y, pensé que, como universidad nueva y privada, la de Lima hacía un márketing de esos conocimientos con un cambio de nombre. Gigante error. En realidad, adelantándose a la creación del Internet, en la Universidad de Lima nacía una de las disciplinas centrales de nuestro siglo actual, que hoy jala a más alumnos que la economía.

Creo que, después de seis décadas de trabajo profesional, por fin empiezo a aprender algo: apostar, sí, porque muchas veces no hay alternativa; pero hacerlo con sentido de humor.

Publicado en El Comercio, 16 de Febrero del 2020.

Riqueza de los pobres

Los pobres estarán siempre entre nosotros, dijo Jesús, y 2.000 años después comprobamos el acierto del vaticinio. La pobreza se ha reducido sustancialmente, pero el sufrimiento que produce la penuria no ha desaparecido, ni aun en países ricos. En el Perú, recibe más atención que nunca, estimulado por encuestas anuales que son fotos estadísticas de la “pobreza extrema”, un lastre humano cuya persistencia constituye una mancha, hasta refutación, del progreso tecnológico y económico. La imagen que nos produce esa terca continuidad es la de obstáculos muy grandes, “estructurales”, que atrapan al pobre y que solo pueden ser vencidos por una reingeniería de la arquitectura social, reformas con mayúscula, cualquiera que sea su color político. De no producirse un fuerte giro de timón político, se cree, el pobre seguirá atascado allí donde vive. Con ese criterio, se justificó una reforma agraria hace medio siglo, y la misma idea sustenta la propuesta de una radicalización de medidas promercado. Al pobre, decimos, hay que levantarlo desde afuera, sea con la mano izquierda o la derecha.

Se trata de una lectura que tiene mucho de ilusión creada por los políticos. Pero la pobreza no es tan desvalida, ni son tan necesarias las soluciones tremendistas. Mi opinión se basa en un video, una evidencia hasta ahora poco publicitada.

Es que, además de la foto anual de los pobres que presenta el INEI, que recibe harta atención en los discursos políticos, desde hace varios años el INEI le sigue la vida a un “panel” de familias en todo el país. En efecto, un “video” que nos obliga a repensar la pobreza.

La revelación más impactante de ese video es que la pobreza extrema no es una condena. Así, de los 1.689 hogares cuyas vidas fueron observadas a lo largo de cinco años entre el 2014 y el 2018, 195 padecieron esa condición en algún momento, pero solo 9 de ellos –menos del 1%– sufrieron pobreza extrema continua durante los cinco años. El caso más común, de lejos, fue estar en pobreza extrema durante un año. Más que portón de calabozo, el acceso a la condición de pobreza extrema sería una puerta revolvente.

¿Quién los sacó del hoyo? ¿Y por qué otros cayeron en esa condición? Las respuestas pueden estar sugeridas por algunas características de esos hogares.

Lo que más destaca en el perfil de los hogares que conocieron un período de pobreza durante el quinquenio del estudio es que son hogares con importantes dotaciones de recursos, tanto de capital productivo, de conocimientos y de habilidades sociales. Casi todos poseían tierras cultivables y animales, con un promedio de 3,3 hectáreas y 24 animales diversos cada uno. El 84% contaba, además, con electricidad en sus hogares, y el 76%, con educación primaria completa. Esa diversidad de recursos explicaría, quizás, la aparente anomalía estadística de la alta proporción de hogares “pobres extremos” que poseen teléfono celular (74%) y cocina a gas (42%). Según la definición del INEI, el ingreso del pobre extremo es insuficiente siquiera para la mínima alimentación de sobrevivencia física.

Esos niveles de posesiones estarían reflejando una alta variabilidad y temporalidad del fenómeno de pobreza. Más que un grupo definido de hogares, la pobreza temporal sería una posibilidad común para gran parte de la población que, sin estar en pobreza, se encuentra expuesta a contingencias que pueden reducirla a esa condición. Una estrategia antipobreza, entonces, más que un reparto de recursos a una lista predeterminada de “pobres”, debería reforzar y apoyar el esfuerzo general de una sociedad para asegurarse contra las múltiples contingencias de la vida. Un ideal que es fácil de decir, pero difícil de realizar. En todo caso, el punto de partida debe ser un mucho mayor conocimiento de las vidas de los que quisiéramos proteger, en particular los recursos y mecanismos de defensa que ellos mismos han creado.

Publicado en El Comercio, 02 de Febrero del 2020.

Chela

Hace cuatro décadas titulé una columna, y luego una colección de artículos periodísticos, con la pregunta “¿Por qué soy optimista?”. Con el pasar de los años, más de una vez, traté de entender esa fe, aparentemente ciega, ante tanto suceso deprimente en la vida nacional. Paradójicamente, ha sido el reciente fallecimiento de Graciela Fernández-Baca de Valdez, amiga y socia con quien he compartido medio siglo de vida profesional, lo que me abre los ojos a una potente razón para la persistencia de esa seguridad. Es que, en todo momento, y en los dos grandes ámbitos de la vida –familia y país– la presencia de Chela era un faro, una luz constante de compromiso, efectividad y amor. Como la fe en el milagro de los panes y peces, esa luz multiplicaba el positivismo y la entrega de todos los que tuvimos la buena fortuna de estar cerca de Chela durante su vida.

Chela llegó muy joven a Lima desde el Cusco, ya formada como contadora y economista, y asumió una variedad de responsabilidades en el sector público, y en entidades empresariales y de acción social, hasta el final de sus días. Fue incluso congresista de la República durante los años 90. Nos conocimos en 1963, durante los primeros meses de mi carrera profesional, cuando ella dirigía el procesamiento del censo de aquel entonces. Años después, cuando yo ejercía la presidencia del BCR, Chela fue nombrada directora del INEI; una coincidencia que nos acercó como personas y como instituciones porque la buena estadística es un requisito esencial para calibrar los instrumentos de control monetario. Posteriormente, nos asociamos para realizar un proyecto de educación pública en aspectos estadísticos de la vida familiar: creamos el Instituto Cuánto y publicamos la revista “Cuánto”, para divulgar los números de la vida diaria, además del sustancioso y útil compendio “Perú en números”, que fue muy buscado.

Un hito de su labor en el INEI durante los años 80, que merece ser registrado por los historiadores, consistió en su participación en la iniciativa para una medición sistemática de la pobreza y de las condiciones de vida de las familias a través de encuestas. Esas mediciones, concebidas e impulsadas por el Banco Mundial, hoy son la base para el monitoreo de la pobreza y de carencias sociales, como el saneamiento, el agua potable y la calidad de vivienda. La primera de esas encuestas fue realizada en el Perú en los años 1985 y 1986, durante la gestión de Chela en el INEI, y su continuación sistemática ha contribuido a una mejor gestión de la política social. Menciono con orgullo que el BCR participó en esa innovación estadística con un aporte financiero.

Pero lo que más quisiera destacar es el papel central que jugó la familia en su vida. Hoy somos muy conscientes de la importancia de una buena Constitución para regular la vida política de un país. Pero esa misma necesidad existe también en la vida familiar. Las normas que definieron el éxito de Chela en su vida profesional –el orden, la puntualidad, el respeto a las personas, la absoluta honestidad y el compromiso con los objetivos de su institución– fueron las mismas que, junto con Américo, su esposo, sus cuatro hijos y luego sus nueve nietos, le permitieron crear un hogar de extraordinaria unidad, compromiso y calor humano, y donde nunca faltaba espacio para acoger a un viajero de paso. Eusebia, quien fue su brazo derecho en la casa durante 20 años, dijo el día que la despedíamos: “Yo voy a pedirle a Diosito para que le mande al Perú muchas mujeres como ella”.

Publicado en El Comercio, 19 de Enero del 2020.

Nuevo idioma

Con frecuencia el cambio social incluye un nuevo idioma. El Perú ha pasado por varios lenguajes, pero ningún cambio anterior ha sido tan radical como el que vivimos: desde hace un cuarto de siglo, empezamos a comunicarnos, no a través del alfabeto sino de los números. En las portadas de los periódicos, las informaciones numéricas casi no existían durante el siglo pasado. Revisando una colección de las primeras planas de El Comercio durante el siglo XX, los titulares numéricos son extremadamente escasos. Entre los pocos números que llegaron a las primeras planas en ese siglo, encontramos la referencia a cuatro casos de viruela en Lima en 1901, la alerta que El Niño de 1983 podría durar seis meses, la elección de Ricardo Belmont a la Alcaldía de Lima con 44% de los votos y, cerrando el siglo, el video que revelaba el famoso pago de US$15.000 de Montesinos a Kouri. Por contraste, cada una de las cuatro portadas desde el primer día del 2020 se ha centrado en una cifra impactante –el 36% piensa que la economía mejorará, el 10% de la inversión pública del 2019 se hizo en últimos 4 días, los magros 2,60 soles al día por habitante de los presupuestos municipales de Lima y el 90% de peruanos que no están dispuestos a aportar a campañas–. Más y más, los números se roban el show.

En mi opinión, el nuevo protagonismo de los números no es inocente, y la palabra “estadística” nos da una pista del porqué –su obvia relación etimológica con “Estado”–. Los números llegaron mucho después de las palabras, recién cuando se formaron civilizaciones en base a una agricultura asentada y una organización compleja de la vida económica y social. Para las clases dirigentes de esas sociedades, los números registrados en tabletas de arcilla o sogas del quipu eran el tablero de control nacional, sobre todo económico y fiscal, con datos que medían poblaciones, cosechas, deudas y propiedades. Sin embargo, si bien la interpretación y manipulación de los números se volvió una ciencia sofisticada con los descubrimientos de la matemática, su aplicación como instrumento organizativo y de control quedó frenada por la falta de tecnologías que permitieran masificar la creación, el registro y la transmisión de esos números. Todavía no existían IBM, Internet, ni las técnicas de la inteligencia artificial.

Lo que más destaca del salto tecnológico de las últimas décadas ha sido, precisamente, la nueva capacidad para generar, registrar e interpretar los números, y no sorprende que haya surgido una preocupación por el uso de datos personales. Han revivido las visiones pesimistas de un Estado con nuevas y poderosas capacidades para el control humano, a la buena según sugirió Aldous Huxley, o a la mala según la visión de George Orwell. La voz de alarma viene incluso de algunos pioneros de esas tecnologías, como Bill Gates e Elon Musk, además de centros intelectuales preocupados por el futuro de la libertad humana. Se habla de un proyecto en la China para crear un ráting o score de cada ciudadano que sería un presagio de posibilidades malsanas de futuros gobiernos.

Es difícil saber si en el Perú debemos felicitar o temer las nuevas capacidades para el control de la sociedad. A diario lamentamos la falta de control y de capacidad resolutiva de nuestros gobiernos, y encontramos explicaciones de nuestra informalidad, inefectividad y corrupción en la historia. La tecnología de los números llega como un poderoso nuevo instrumento para ayudarnos a luchar contra esas deficiencias. Pero al mismo tiempo, el ciudadano rechaza sin pestañear la más mínima restricción a sus libertades. Sin duda, la poca efectividad y torpeza del Estado nos ha protegido de abusos más sistemáticos. Todo indica que estamos ante una disyuntiva, de un lado la pérdida de privacidad y de libertad ante un gobierno fortalecido por masivas bases de datos, y, de otro, el avance en múltiples frentes que podrían significar los nuevos instrumentos de los números. Sea cual sea la respuesta, lo seguro es que la tendremos que dar usando el nuevo idioma de los números.

Publicado en El Comercio, 05 de Enero del 2020.

Ni tan difícil ni tan fácil

Aunque fuera solo una vez al año, el 25 de diciembre sería el día más apropiado para recordar que convivimos en una misma casa con “hermanos” peruanos que padecen una gran, hasta extrema pobreza. Para los que no somos pobres, la convivencia es una carga, por lo menos psicológica, pero siglos de historia nos han preparado para soportarla con filosofía. “Los pobres estarán siempre entre vosotros”, y “la pobreza es una ventaja para llegar al cielo”, nos explicó Jesús.

No obstante, una novedad muy reciente, de poco más de un siglo, nos ha creado la ilusión de una posibilidad de cambio radical en la historia de la humanidad: la extirpación total de la pobreza. El mundo entero se ha comprometido con esa ilusión, declarándole la guerra al hambre y a la pobreza extrema según el primero de los Objetivos de Desarrollo del Milenio acordados por las Naciones Unidas, compromiso firmado, por supuesto, también por el Perú. Más aún, el progreso hacia ese objetivo en un gran número de países, incluyendo el Perú, ha sido impresionante desde el inicio del milenio.

Pero a pesar de la fuerza del compromiso, y de los avances logrados, se hace evidente cierta confusión con relación al camino por seguir. Algunas de las ideas nos llevan a un exceso de pesimismo, y otras a un exagerado optimismo.

Una idea central del error pesimista es que la reducción de la pobreza se encuentra amarrada al crecimiento económico. Para un país aún pobre, se dice, el espacio para la redistribución es muy limitado, y es necesario el crecimiento de toda la economía para una reducción de la pobreza. Se trata de un argumento favorito de muchos economistas, cuya formación, quizás, los predispone a ser filosóficos en cuanto a las posibilidades humanas. La idea, incluso, ha sido formalizada con el concepto de una “elasticidad,” relación matemática que condicionaría la reducción de la pobreza al aumento del PBI. Cualquier reducción de la pobreza que no fluye de un crecimiento productivo sería incluso contraproducente, reduciendo el crecimiento futuro y atrasando así la reducción de la pobreza.

La experiencia peruana no parece conocer esa “ley”. A pesar de la expansión extraordinaria de nuestra economía a lo largo del siglo veinte hubo una muy limitada reducción de la pobreza, condición que seguía afectando a dos tercios de la población a fines del siglo. Por contraste, el aumento productivo durante el nuevo milenio sí ha sido acompañado por una reducción sin precedente de la pobreza, la que, en apenas dos décadas, se ha reducido de casi 60 por ciento a 20,5 por ciento de la población.

En mi opinión, el efecto tan diferente se ha debido no a una mayor tasa de crecimiento económico sino a un conjunto de políticas de desarrollo dirigidas directamente a las regiones rurales de la sierra donde se encontraba la mayor parte de la pobreza, especialmente inversión en caminos, electricidad, telecomunicaciones y educación. En pocos años se ha reducido sustancialmente el déficit histórico de inversión en esas regiones, efecto productivo que ha sido complementado con algunos programas sociales. Sin duda, el desarrollo de nuestras diversas exportaciones y de la economía urbana ha contribuido a la reducción de la pobreza rural, pero el impacto de ese desarrollo sobre la pobreza nacional hubiera sido mucho menor sin las inversiones y políticas de apoyo dirigidas directamente a la economía rural de la sierra y selva.

En realidad, la reducción de la pobreza ha sido aún mayor. Según el INEI, no solo se ha cortado el número de pobres en dos tercios, sino que al mismo tiempo se ha reducido el grado promedio de pobreza de los que siguen siendo pobres. Lo que podría definirse como el “faltante” de ingresos, el monto que permitiría que nadie sea “pobre” según la definición del INEI, hoy es apenas uno por ciento del PBI, abriendo la posibilidad de una política redistributiva más radical para de una vez cerrar la totalidad de la brecha.

Pero, si bien el problema no es tan difícil, tampoco es tan fácil, como se deduce de la persistencia de la pobreza en los países más desarrollados, como los EE.UU. y los europeos. Recuerdo mi asombro cuando me tocó trabajar en Washington durante los años setenta. EE.UU. destacaba como el líder indiscutido del desarrollo económico en el mundo, sin embargo, no había encontrado la fórmula para resolver la pobreza extrema de muchos de sus ciudadanos, quienes incluso vivían en las calles. Esa misma indigencia abierta está a la vista en varias de las principales ciudades de Europa. Lo más evidente es que la solución de la pobreza no pasa por una simple fórmula o “elasticidad” económica sino por una mayor comprensión social.

Publicado en El Comercio, 22 de Diciembre del 2019.

Buenas intenciones

En las últimas semanas hemos recibido dos veces un mismo mensaje: “Cuidado con las buenas intenciones”. Eso sí, llegaron en versiones muy diferentes. La primera consistió en un Premio Nobel de Economía otorgado a tres investigadores cuyo descubrimiento ha consistido, simplemente, en demostrar a través de experimentos sociales que “si quieres mejorar la economía o las condiciones de vida de una población, primero estudia bien cómo será recibido lo que haces”.
La segunda versión de ese mensaje llega a través de un estudio titulado “Las empresas de la reforma agraria peruana: 40 años después”, publicado por Giovanni Bonfiglio, investigador del Instituto del Perú de la Universidad San Martín de Porres. La reforma agraria decretada por el gobierno militar del general Velasco fue, sin dudas, el intento más extravagante y radical realizado por el Estado Peruano, hasta el momento, para reducir la desigualdad y mejorar el nivel de vida de los campesinos más pobres del país. Sorprende, entonces, que ni antes ni después de esa decisión sus efectos no hayan sido adecuadamente evaluados. El estudio de Bonfiglio no pretende una evaluación general de la reforma, pero sí realiza un balance de la modalidad cooperativa escogida por el gobierno militar para beneficiar a los campesinos.
Cabe explicar que la reforma se llevó a cabo en dos actos. El primero consistió en la decisión para expropiar haciendas, anunciada en el decreto de 1969. El segundo –que en realidad es el tema de Bonfiglio–, se realizó más gradualmente, empezando con la decisión de llevar a cabo el reparto no de forma individual, sino a través de cooperativas y otras formas de empresa asociativa. A fines de los años 60, el mundo vivía una etapa de entusiasmo socialista y tercermundista, impulsado en toda América Latina por la amenaza de contagio del fidelismo cubano, y en el Perú, en particular, por crecientes invasiones de tierras. Fue un contexto que favoreció la opción cooperativa, un modelo que lograba no solo el reparto, sino que además introducía un elemento anticapitalista, similar al modelo de gestión empresarial por sus propios trabajadores que se había introducido en Yugoslavia. Jaroslav Vanek, economista yugoslavo y profesor de la Universidad de Harvard, fue invitado por el gobierno militar para explicar las bondades del sistema. Pero ni antes de la medida ni en los años posteriores de su funcionamiento, los trabajadores del campo, que serían los eventuales ejecutores del nuevo sistema, fueron consultados por el gobierno.
No obstante, un economista español de la Universidad Católica en ese período, José María Caballero, conocedor de la agricultura de la sierra y entusiasta de la reforma, concibió la importancia de una evaluación del proceso años después de iniciada. Con un nutrido equipo de jóvenes profesionales, Caballero logró realizar un ambicioso estudio en 1978, llegando a casi una de cada cuatro empresas asociativas creadas por la reforma y repartidas por todo el país, buscando sobre todo las opiniones de los mismos socios y dirigentes de las nuevas cooperativas. Sin embargo, los descubrimientos de ese estudio nunca vieron la luz, por una secuela de accidentes personales del mismo Caballero, por lo menos hasta muy recientemente, cuando reaparecieron sus informes cual tesoro arqueológico.
En vista de la riqueza informativa de ese material, sobre todo por las opiniones de los mismos cooperativistas de hace 40 años, y además del hecho ya conocido de que casi la totalidad (99%) de esas cooperativas y otras empresas asociativas creadas por la reforma había cesado de operar, se decidió realizar una nueva entrevista a cada una de las empresas creadas por la reforma. Este trabajo se llevó a cabo en el 2018, cuatro décadas después de la primera entrevista. Así, el estudio de Bonfiglio viene a ser una encuesta panel, con datos antes y después, y basados en las declaraciones e interpretaciones de los mismos cooperativistas beneficiados por la reforma. El resultado es una extraordinaria base de informaciones y opiniones, antes y después, que nos permiten aprender sobre las razones y los factores que determinan el éxito o el fracaso de la gestión asociativa en el campo, un conocimiento que sigue siendo una necesidad central para su desarrollo. El factor más mencionado por esos cooperativistas para explicar la mortalidad casi total de sus empresas fue la desconfianza mutua y las repetidas acusaciones de corrupción en las dirigencias.
Idealmente, y siguiendo las enseñanzas de los premios Nobel, esta indagación se habría realizado antes o en las primeras etapas de la reforma, quizás logrando así un diseño operativo con más aceptación y duración, y con mejor defensa contra la desconfianza mutua. En todo caso, el estudio combinado de Caballero y Bonfiglio, que cubre 40 años de un ambicioso experimento social reformista, nos debe obligar a poner más atención a las bases de la confianza mutua y del control de la deshonestidad, indispensables para cualquier proyecto futuro que busca reducir la pobreza.

Publicado en El Comercio, 8 de Diciembre del 2019.

Miradas en el espejo

La autocrítica y la autofelicitación nacional son parte de la conversación constante de un país, pero la llegada de un centenario –o de un bicentenario como el que nos toca en el 2021– exige un esfuerzo más pensado para entender la compleja realidad del Perú. Con esa reflexión, la historiadora Cecilia Bákula convenció al Fondo Editorial del Congreso para publicar una colección de “miradas”, y dedicó casi dos años a la selección y preparación de la obra, que consiste en dos tomos finalmente publicados este mes. La compilación reúne textos y testimonios de 83 peruanos, la gran mayoría redactados desde la independencia, y muchos de ellos no incluidos en los textos más conocidos sobre el Perú. Comparto mis impresiones de algunos de los textos que más me gustaron.
Un primer autor poco leído es el padre Felipe Mac Gregor, que fue rector de la Pontificia Universidad Católica cuando me tocó dictar clases en ese centro de estudios. Me animó leer su enérgico rechazo del pesimismo acerca del país. Menciona que “hay entre nosotros quienes piensan con el hígado y no con la razón”. Más bien, afirma: “Mi desacuerdo con la visión del Perú como una larga, continua, protraída ‘frustración’ es total”.
Un texto más conocido es el del abogado y político Manuel Vicente Villarán, que tuvo especial claridad en cuanto al problema de la educación y, en especial, a su vínculo con la economía y la geografía. “Para educar una nación”, escribió, “es forzoso comenzar por tenerla realmente”, siendo necesario primero conquistar las enormes barreras de los cerros, la selva y el desierto. “Lo primero que una nación requiere es el elemento material del territorio”.
Jorge Basadre es el autor infaltable, pero me dio especial satisfacción la selección escogida, un texto leído en el cierre de CADE 79, un año antes de su muerte. Basadre reconoce la modernidad y expresa optimismo, “esta comunidad histórica se ha ido haciendo en una marcha multisecular”, y “lo que importa sobre todo no es lo que fuimos sino lo que es”, y matiza “la idea obsoleta acerca de lo que han significado las fronteras […] cuando crecen, en nuestro tiempo, día a día, las comunicaciones aéreas y terrestres, la televisión vence todas las distancias” y empieza “la instantánea transmisión de imágenes e ideas”.
Un ensayo de Pablo Macera sobre el grupo de peruanos que formó la Sociedad de Amantes del País durante la Colonia es particularmente revelador de la combinación de inquietud filosófica y el proceso de transmisión y formación de ideas políticas que luego jugaron un papel en la independencia, y más generalmente, en el desarrollo de investigación y conocimiento de la geografía e historia del país. A través de la publicación del “Mercurio”, se debaten los impedimentos geográficos para el desarrollo nacional.
En otro capítulo, Luis Alberto Sánchez nos da unas impresiones e interpretaciones especialmente francas de los cambios que ve cuando regresa al Perú en los años 80 después de una larga estadía en el extranjero. El gran orador y polemista empieza su relato pisando tierra, con una impresión visual: “La primera impresión al regresar fue que los hombres han ido disminuyendo de talla […]. Los hombres son cada vez más flacos y más chicos y peor vestidos […]. La raza estaba evidentemente debilitándose”. Para el fútbol peruano, continúa, esto era una mala noticia: “En adelante no habría goles sino desde el área de defensa”.
La compilación también incluye un extracto de la conclusión que escribe Antonio Raimondi, cerrando su última entrega de la obra “El Perú”. Después de una vida entregada al descubrimiento y al viaje hazañoso por el país, Raimondi hace un llamado a los “jóvenes peruanos”. “Os pido pues vuestro concurso. Ayudadme. Dad tregua a la política y consagraos a hacer conocer vuestro país y los inmensos recursos que tiene”.
Finalmente, y haciendo juego con el pedido de Raimondi, Bákula incluye un texto del ingeniero Alberto Benavides, geólogo, minero, creador de empresa y, sobre todo, amante del país y benefactor de los peruanos en las áreas de extrema pobreza donde caminaba y descubría el mineral. “Los más importante en la minería es que abre las comunicaciones al interior del país”, escribe en sus memorias. Habla además del liderazgo, y del ejemplo, “trabajando codo a codo” con sus trabajadores en los yacimientos.
Cierro con una lamentación –la no inclusión de la obra del médico Maxime Kuczynski–, excluido seguramente por no ser peruano, pero quien, al estilo de Raimondi, contribuyó al conocimiento del país no con discursos y teorías sino con el trabajo sacrificado, disciplinado de observación en diversas comunidades de la sierra y de la selva, donde conversaba y llegaba a conocer los detalles económicos y sociales de las poblaciones que estudiaba, y quien dejó excelentes reportes y recomendaciones, luego publicados por la Universidad de San Marcos. Su obra es un contraste a la tendencia de muchos de los que han escrito imponentes interpretaciones sobre las poblaciones mayoritarias, sin haber salido de sus escritorios en Lima.

Publicado en El Comercio, 24 de Noviembre del 2019.

Economía y Geología

La historia geológica se la dejamos a los geólogos, pero la historia económica es asunto de todos. Sobre el escenario de la economía desfilan políticos y teóricos –y uno que otro genio empresario–, y sus discursos apasionan porque conectan con las creencias y con los personajes de la política. Es cierto que no alcanzan el nivel de apasionamiento que tiene el fútbol, aunque los genios de la “información” han sido creativos, levantando el ráting mediático de la economía con una multiplicación de estadísticas. Pero la esencia del drama económico es el concepto de la agencia humana. Todo lo que pasa en la economía lo atribuimos a las acciones acertadas o equivocadas de las autoridades.
La historia de la economía peruana ha sido escrita principalmente desde esa óptica, y se ha prestado a las calificaciones de mérito y demérito que saturan las noticias diarias. En mi opinión, se exagera así la capacidad de las personas para descifrar el comportamiento social, y aún más, la capacidad para prever eventos futuros que determinarán el acierto o desacierto de las decisiones actuales. Además, el margen para el autoengaño es particularmente grande cuando la mirada del historiador se extiende más allá de unas décadas.
La historia económica de nuestro siglo XX, por ejemplo, ha sido escrita en gran parte en función de las políticas aplicadas por sucesivos regímenes políticos. Lo que casi no se mencionan en esas historias son dos procesos sociales que, en mi opinión, fueron determinantes para la evolución de la economía y la sociedad en general, pero que se dieron en forma sumamente lenta, casi invisible, y ciertamente no por decisión de alguna autoridad política o técnica.
Me refiero, primero, a la migración que nos transformó de una sociedad altamente rural a un país esencialmente urbano. Así, la proporción de la población urbana se ha elevado del 13% en 1900 al 79% de hoy. Además, la población que sigue siendo rural en la actualidad tiene una vida mucho más conectada a los centros urbanos, sea por la compra y venta de productos o por la asistencia a centros educativos y centros de salud, o por visitas a familiares. Un indicador de ese contacto con el mundo urbano es que, según la encuesta de hogares más reciente, el 80% de las familias en pobreza extrema –que en su mayoría son rurales– posee un teléfono celular.
Esa urbanización ha producido una elevación sustancial en la productividad promedio del país por efecto de un conjunto de economías externas o de “aglomeración”. El economista Paul Romer, que recibió el premio Nobel por sus contribuciones a la explicación del crecimiento económico, ha comentado que “una de las mejores innovaciones de la historia humana ha sido la urbanización […], por sus múltiples beneficios […] nos permite intercambiar con otras personas, aprender de otras personas y especializarnos”. En mi opinión, esa urbanización explica gran parte del crecimiento sustancial de la economía peruana durante el siglo XX. Desde inicios del siglo XX, la producción nacional por habitante se elevó a una tasa del 1,8% anual, casi igual a la de los países de la OCDE que fue del 1,9%.
Sin embargo, la urbanización no podría haberse producido sin un fuerte aumento en la producción nacional de alimentos: en realidad, la urbanización es la otra cara de la medalla de una mayor producción y comercialización de alimentos. Las tecnologías primitivas del agricultor de subsistencia, y en un país sin caminos y vehículos capaces de trasladar cantidades sustanciales de alimentos, amarraban al agricultor a sus tierras. Lamentablemente, las estadísticas de producción agrícola son apenas aproximaciones para gran parte del siglo pasado, pero, aun sin esos datos, podemos deducir que la productividad agrícola ha aumentado enormemente, lo suficiente para que la proporción de la población obligada a quedarse en el campo produciendo alimentos se redujera de los ocho de cada diez habitantes en 1900 a solo dos de cada diez en la actualidad. Una pequeña parte de los alimentos que consume la población urbana hoy es importada, pero el grueso es producido por pequeños y medianos agricultores que, evidentemente, han elevado fuertemente su productividad.
Los dos fenómenos que, en mi opinión, han sido motores principales de nuestra economía del siglo XX: la elevación de la productividad en la agricultura de alimentos para el consumo doméstico y la fuerte urbanización que así fue posible han sido procesos muy graduales, casi desapercibidos y de casi nula importancia en los programas políticos. Algo así como los procesos geológicos que levantaron nuestra cordillera a través de los milenios, sin intención ni permiso de nadie.

Publicado en El Comercio, 10 de Noviembre del 2019.

Conquistas

Desde su partida de Panamá hasta el ingreso victorioso al Cusco, la conquista del Imperio Incaico se realizó en apenas un año. Pero después de esa casi súbita victoria pasaron cuatro siglos sin lograr la conquista de la geografía del nuevo territorio. Ciertamente, se supo extraer riqueza que se encontraba casi a la mano en la forma de oro, plata y mercurio. Sin embargo, la construcción de una economía, y también la de una sociedad, exige mucho más que una riqueza temporal. El requisito mínimo en ambos casos es la conexión que hace posible una fluida interrelación física y humana, dentro de un territorio dominado y transitado, un objetivo que nunca fue logrado durante los largos siglos que siguieron a la conquista española. Las distancias sociales y los conflictos políticos fueron parte de la explicación, pero el obstáculo principal fue la imponente dificultad de nuestra geografía. En mi opinión, la impotencia para conquistar nuestro medio físico, más que fallas políticas y culturales, es la explicación principal del atraso peruano para crear una economía moderna y una sociedad integrada.

Leamos las palabras del historiador Carlos Contreras acerca del obstáculo físico durante la primera centuria de la República:

“El tránsito […] era lento y dificultoso. La costa peruana oponía el freno de uno de los desiertos más secos del mundo, donde era imposible la tracción de la rueda y hasta de los animales de montura […]. En la sierra, la barrera a la movilidad la creaba lo fragoso del suelo. Largas y empinadas cuestas, profundos cañones y laderas de paredes casi verticales también impedían el aprovechamiento de la rueda. Esa misma fragosidad impedía que los ríos fueran navegables […]. La comunicación entre la costa y la sierra era lenta y tortuosa […]. Como el ascenso era difícil, el comercio que podía ir en esa dirección se limitaba a mercadería que tuviese alto valor en relativamente poco peso […]. El viajero alemán Charles Weiner terminó preguntándose por qué los hombres habrían decidido habitar un país tan difícil de comunicar”.

Pero la otra cara de la medalla es que tanto la economía como la integración social han avanzado sustancialmente durante el último siglo, y que ese avance ha sido posible justamente en base a una conquista de la geografía. La historia de ese avance sigue de cerca la revolución en las comunicaciones y conexiones físicas que han sido posibles debido a gigantescos avances tecnológicos en los medios de transporte y de comunicación, además de la construcción. Hoy estamos al tanto de la increíble reducción del costo de la comunicación, tanto que según las encuestas de presupuesto familiar del INEI, casi el 80% de las familias en extrema pobreza reportan poseer un teléfono celular, un dato que sugiere la necesidad de reconsiderar la definición de esa categoría de pobreza.

En aras de reconstruir el impacto de esos sucesivos avances en nuestra historia, debemos retroceder a un evento de 1840 que describe Jorge Basadre: la pintoresca llegada al Callao del primer barco a vapor peruano. “La población de Lima casi íntegramente se trasladó al Callao en ómnibus, coches de alquiler, a caballo y hasta en los casi jubilados balancines […]. Salvas, cohetes, músicas, repiques de campanas, embanderamiento de casas celebraron el acontecimiento”, escribe. En los siguientes años, la navegación a vapor empezó a integrar las poblaciones de los distintos valles de la costa peruana y a aumentar sustancialmente el contacto entre el Perú y otros países. Ese primer salto en el transporte fue seguido por los ferrocarriles, la construcción del canal de Panamá y, en el siglo XX, la llegada del automóvil, el motor a gasolina para la navegación en los ríos de la selva, y finalmente, los aviones. Cada uno de esos avances ha sido un peldaño más de una escalera hacia la revolucionaria conectividad que gozamos actualmente. Paradójicamente, la rápida conquista de la geografía hoy empieza a ser vista no por sus efectos integradores y productivos, sino como causa de destrucción del medio ambiente.

La conquista que sigue quedando en el tintero, y que se vuelve cada día más prioritaria, sería la conquista de nosotros mismos, como sociedad; un frente donde podría decirse que nos encontramos todavía en la etapa de la navegación en velero.

Publicado en El Comercio, 27 de Octubre del 2019.

Vibrando

La política se descompone. La gobernanza se hunde. Se suponía que iba a ser al revés, que menos pobreza y más educación e información significarían una mejor ciudadanía. ¿Por qué el retroceso? Las explicaciones que se escuchan a diario se concentran en supuestas deficiencias peruanas –la cultura colonial, una sobredosis de corruptos o algún personaje o partido especialmente nefasto–, una especie de orgullo perverso. Pero las noticias diarias que llegan de los EE.UU., Europa y gran parte del mundo nos pintan la misma degradación política, con parálisis de decisiones, corrupción abierta y una degeneración de las formas del diálogo civilizado. Leyendo las explicaciones para el problema peruano, sin referencia a lo que sucede en otros países, pienso que es como si el director de una escuela mandara a casa a un niño con fiebre, pero sin explicarle a los padres que la clase entera tiene el mismo síntoma.

Sugiero que el deterioro de la política no se da a pesar del avance económico y tecnológico, sino, más bien, como resultado de esos avances. Regresemos a la enseñanza de la Biblia, “no solo de pan vive el hombre”, que alude a las necesidades del espíritu. Ciertamente la primera necesidad humana consiste en sobrevivir físicamente. Este imperativo es el más concreto, el más visible y el que ha predominado en la economía. Las necesidades del espíritu y de las emociones no están ausentes en el PBI –siempre se ha incluido el trabajo del sacerdote, del profesor de yoga y del músico–. Pero la tecnología nos ha liberado de milenios de esclavitud, dedicada a producir el necesario pan diario. Hoy, se dedican más tiempo y recursos a la creación y consumo de valores espirituales y emotivos. O sea, a vibrar.

Primero, casi todo lo físico adquiere un componente mayor de contenido emotivo y hasta espiritual, como en el caso de la certificación de un producto cuyos productores han pagado un salario justo y/o han protegido el medio ambiente. Mucha de la emotividad se encuentra relacionada a la exclusividad o a ofrecer una ‘última moda’ que cambia casi a diario, especialmente en el caso de la ropa femenina. En la producción de productos de consumo se ha generado un aumento enorme en pocos años, en la variedad de modelos o productos, desde los automóviles, el calzado, los cereales o las cervezas. El caso de la bebida Red Bull fue excepcional, basándose en una historia para crear valor. Para la comida, cada día se descubre una nueva hoja o tubérculo con propiedades especiales, generando un consumo que puede tener un contenido real de valor alimenticio, pero que, en todo caso, y aunque sea solo temporalmente, genera una satisfacción adicional para los creyentes. El valor adicional de un Alfa Romeo o de un Rolex puede responder a alguna mejora estrictamente mecánica, pero en su mayor parte es el costo –y el valor– de vibrar.

Y el gasto para vibrar no es exclusivo de gente adinerada. La pequeña comunidad de Carcas en Áncash, con poca tierra y una difícil ubicación serrana, era conocida como la más pobre de una región ya pobre. Pero, al mismo tiempo, Carcas tenía la fama de organizar las mejores fiestas de su región. Y, en general, la extrema pobreza de las comunidades de la sierra no ha sido obstáculo para sus frecuentes fiestas y dedicación a la música, la vestimenta y el alcohol.

La vibración invade incluso el mercado de trabajo con el concepto de un ‘great place to work’; es decir, ser una empresa donde la moral y la satisfacción de los trabajadores sea muy alta. Muchas empresas también van introduciendo las prácticas de yoga y del ‘mindfulness’, que alientan y ayudan a los trabajadores a volverse más conscientes de su vida interior. Y las empresas en general hoy corren para adecuarse a las exigencias de ser socialmente responsables.

El despertar de la satisfacción subjetiva –vibración– tiene mucho de positivo en el mundo de la producción, pero su efecto en la política, en la forma de un protagonismo irrestricto, tiene mucho de negativo. Tener un público siempre ha sido una fuente de satisfacción subjetiva, y de allí el gusto de las reuniones sociales donde todos hablan a la vez. Pero esa misma posibilidad ha sido multiplicada vastamente y repentinamente por las nuevas tecnologías de comunicación. Opinando y leyendo opiniones en esos medios vivimos una borrachera de autosatisfacción comunicativa. Lo que realmente se sabe, y lo que se dice, es lo de menos. Lo importante es ser escuchado, y para eso vale el grito, la acusación, el teatro y la pretensión de saber. Antes, se daban muy ocasionalmente reuniones de alta emotividad, pero breves y limitadas, que a veces producían un linchamiento. Hoy, y en todo el mundo, Internet y el celular nos permiten gozar de reuniones similares sin límite de tiempo o lugar, y no sorprende que el linchamiento se vuelva un resultado casi casual.

Publicado en El Comercio, 29 de Setiembre del 2019.