Dos

Conversando con el chofer durante un viaje en Cajamarca, le pregunté por la opinión de los cajamarquinos sobre la mina de oro Yanacocha, la más grande de América Latina, ubicada a 48 kilómetros de la capital del departamento. La mina claramente había traído empleo a la zona, pero en elecciones recientes la población había rechazado la propuesta para construir nuevas minas. “Es que en Cajamarca tenemos dos ánimos”, me dijo. Me intrigó su respuesta, y ahora he comenzado a descubrir la omnipresencia del número dos.

Veo el dos cada vez que leo historia. El arqueólogo, por ejemplo, descubre unas ruinas y se pregunta: “¿Qué había aquí? ¿Cómo habrán cortado esas piedras?”. El historiador también averigua el qué y el cómo, pero en su alma la pregunta central se reduce a dos opciones: ¿aprobado o jalado? Jorge Basadre, en diez volúmenes y numerosos ensayos, recuenta el qué y el cómo de nuestra historia republicana, pero lo que recordamos es que, al final, les baja el dedo a nuestros antepasados. Una república o se logra o no se logra, y no me vengan con términos medios. Basadre siguió alentando, insistiendo en que la república todavía era una posibilidad, pero no cejó en su obligación fiscal.

Esa fijación con dos categorías que tiene el historiador –la aprobación y la desaprobación– no perdona ni siquiera a la historia económica, un terreno inherentemente cuantitativo donde las preguntas centrales nunca son un sí o un no, sino siempre cuánto y cuándo. Producción, ingresos, inversiones, exportaciones, impuestos, todos son números que pueden ser pequeños o grandes, pero difícilmente calificados como éxito o fracaso, salvo que se cuente con teorías de incuestionable aceptación acerca del qué, el cuánto y el cuándo del manejo económico, cosa impensable a estas alturas si recordamos que en un mismo año se otorgó el Premio Nobel a dos economistas cuyas teorías se contradecían frontalmente. ¿Con que cara, entonces, un historiador cualquiera emite un juicio acerca de un suceso económico?

Desde que recuerdo, uno de los términos más usados para describir al Perú es ‘dualismo’. El estereotipo del Perú es el de un país partido en dos, fracturado entre ricos y pobres, indios y blancos, urbano y rural, costa y sierra, moderno y tradicional. En el Prefacio de su historia del Perú, Peter Klaren confiesa: “Mi enfoque es el de la lucha entre la élite hispana y las ‘masas’”. Son miradas dicotómicas que dramatizan, pero pasan por encima muchas diferencias y, además, pierden de vista los cambios lentos que terminan redibujando el mapa, como se ha dado, por ejemplo, con el idioma. Cuando se realizó el censo de 1940 se pudo comprobar que, efectivamente, éramos un país dividido en dos en cuanto al idioma: el 47% tenía el castellano como lengua materna. Hoy, la proporción del castellano ha subido hasta el 83%. Otro cambio gradual, pero que ha transformado al país, es el crecimiento de la clase media. En todos los textos acerca de la estructura económica de los peruanos deberíamos tachar la frase “dividido en dos” y, por lo menos, escribir “dividido en tres”. La misma corrección desdramatizante se requiere para lo étnico, debido a que hoy somos una gran mayoría mestiza (60%), un puñado de blancos (6%), un cuarto quechua-aimara y un salpicado de otros.

Pero el dualismo se reinventa. Quizás han empezado a desaparecer las diferencias entre Lima y el Perú profundo, pero hoy se descubre una nueva bipolaridad que explicaría gran parte de los problemas del país: la formalidad y la informalidad. Con el entusiasmo del descubrimiento, nos convencemos una vez más de haber ubicado una llave del progreso.

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El pedal del PBI

Un niño de 3 años sabe perfectamente dónde pisar para acelerar el carro. Me pregunto entonces, por qué estamos aquí, un país entero, esperando que el chofer adivine dónde está el pedal. El manual está en la guantera, pero mejor sería ver uno mismo cómo lo hacen otros choferes. Podríamos escoger un ejemplo revisando los resultados del concurso mundial del PBI. Hoy en día participan casi 200 países.

La opción más cercana sería una visita a Chile, famoso como modelo del buen manejo económico, pero… ¡oops!, su performance anual en los últimos cuatro años fue peor que la nuestra: Chile 2,2%, Perú 3,6%. Aunque nos ofenda el orgullo, mejor sería ir a Bolivia, país que nos superó cómodamente con un promedio anual de 5,1%.

Pero si vamos a viajar, de una vez vayamos a los países de categoría top, concentrados en Europa. Allí, donde inventaron la combinación de revolución industrial con democracia. Más aun, asumiendo su papel de modelo para el resto del mundo, los europeos se han dado el trabajo de formar un club con severas reglas de etiqueta para el comportamiento económico, político y social, la llamada Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Nunca más felices sus funcionarios que cuando están explicando las bondades de sus políticas públicas para lograr la felicidad en la tierra. Su proyecto Sigma, por ejemplo, se dedica a difundir el aprendizaje de buenas prácticas de gobierno entre los países vecinos en África y el Medio Oriente.

Pero quizás fue otra mala idea. Resulta que el crecimiento económico de la OCDE en los últimos cuatro años ha sido de apenas 2,5%, por debajo del 3,6% registrado por el Perú. Solo tres de sus 36 países integrantes superaron el crecimiento peruano. La nación más competitiva del mundo, según el Índice de Competitividad Global, es Suiza, pero en los últimos cuatro años su crecimiento económico anual (1,8%) fue apenas la mitad del crecimiento peruano. Otro campeón de la competitividad que tampoco dio vuelo fue Alemania, cuyo crecimiento del PBI fue también de apenas 1,8%. (¿Será que nuestras políticas son mejores que las de la OCDE?).

Pero superar a los famosos no basta. Tenemos que encontrar recetas para hacerlo mejor. Viajemos entonces para conocer a los verdaderos ‘cracks’ contemporáneos del PBI. Por ejemplo, Etiopía, país que registró la tasa de crecimiento más alta del mundo desde el 2013, sin la ayuda de algún fabuloso recurso natural, como el petróleo o los minerales. Pura muñeca. Otros ‘cracks’ poco conocidos fueron Costa de Marfil, Uzbekistán y Turkmenistán, con tasas sostenidas de 7% u 8%, y todos ubicados entre los diez más dinámicos del mundo. Curiosamente, en todos esos casos el despegue se ha producido a pesar de altas tasas de corrupción. ¿La corrupción habrá facilitado el resultado, “aceitando” las ruedas de los negocios? Ciertamente parece ser el caso de los dos gigantes del crecimiento, China y la India. Pero también es cierto que dos de los campeones del crecimiento, las islas de Irlanda y de Islandia, se cuentan entre las naciones menos corruptas del mundo. Eso sí, para visitarlas se debe viajar bien abrigado. En Irlanda llueve casi todo el año e Islandia es una roca pegada al hielo ártico.

Ciertamente, hay formas de acelerar el PBI sin tanto viaje y estudio. La receta favorita consiste en elevar y/o apurar la inversión. Cabe recordar que toda inversión es contabilizada inmediatamente como más PBI, independientemente de si su efecto eventual es un aumento en la eficiencia o en la producción. Las grandes obras que construyó el gobierno de Velasco, la carretera Interoceánica, la refinería de Talara, ministerios fastuosos, todos fueron contados en su momento como más PBI a pesar de su limitada o nula contribución productiva. En mi opinión, se trata de un defecto del sistema de contabilidad del PBI, pero lo cierto es que para el ego nacional tiene la gran oportunidad de crear una imagen de dinamismo, justamente como se hizo durante los últimos gobiernos.

Y la fórmula para lograrla es relativamente simple –reducir el horario de trabajo de la contraloría, de las procuradurías y de la fiscalía a solo una hora diaria–. También se debe obligar a los gobiernos regionales y locales a gastar el 100% de sus presupuestos cada tres meses.

Como diría el niño en el carro: “¿Qué tanto problema para arrancar? Si allí nomás está el pedal”.

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Ciegos

El mundo vive un gigantesco avance en su capacidad para ver. Nuestros ojos han sido potenciados por el telescopio, el microscopio, la cámara, la radiografía, el video y, más recientemente, la pantalla del celular, los drones y el satélite de Google Earth (durante un huracán en Estados Unidos, desde una pantalla en Lima pude visualizar, día a día, la altura del agua en la casa donde estaba atrapada mi hija). En tiempos antiguos solo Dios tenía esa capacidad para ver todo lo que sucedía en el mundo en cada instante.

Hasta ahora, esa ciencia y tecnología se ha limitado a reforzar solo una parte de lo que usamos para ver –los ojos de la cara–. Pero el acto de “ver” requiere además del trabajo que hace una parte del cerebro. A cada instante, los ojos de la cara registran miles de imágenes, pero solo “vemos” una pequeña proporción de ellas, las que reciben un visto bueno del “ojo del cerebro”. Sin darnos cuenta, el cerebro revisa el pantallazo completo recogido por los ojos de la cara y decide cuáles de esas tomas pasarán a la conciencia. En una carretera pasan por la vista miles de vehículos pero ninguno es registrado hasta que el cerebro nos alerta, por ejemplo, acerca de un vehículo cuyo movimiento es amenazante. Se trata de una parte del cerebro que es intuitiva, no reflexiva y muy rápida, cuya función es proteger y favorecer nuestra sobrevivencia biológica. Sin embargo, ese mismo mecanismo, concentrado en el bien del individuo, hace más difícil la vida colectiva.

Los adelantos históricos de la ciencia y la tecnología de los últimos años han elevado la productividad en toda área de actividad, produciendo un avance extraordinario en las condiciones de vida económica y social de una mayoría de la población mundial. Paradójicamente, al mismo tiempo y en casi todo el mundo observamos un retroceso generalizado en la calidad de la gobernanza colectiva. Devesh Kapur, director de estudios asiáticos en la Universidad John Hopkins de EE.UU., comenta, por ejemplo, la “transformación fenomenal” que vive la India en cuanto a la conectividad y visibilidad, tanto entre ciudadanos como en negocios, con programas vastos de caminos, puertos, energía e identificación individual biométrica. Sin embargo, la polarización política en la India ha aumentado, especialmente la religiosa y étnica, y ha crecido la incidencia de ataques y asesinatos personales. Muy conocidos también son los retrocesos recientes de convivencia política y social que se han producido en EE.UU., en la mayor parte de Europa, en Indonesia, y en gran parte de América Latina, incluyendo, por supuesto, el Perú.

Según Kapur, la conectividad y “visibilidad” producida por las redes sociales y WhatsApp han contribuido al divisionismo comunitario en la India. Ciertamente la coincidencia casi universal entre ese deterioro político y la mayor visibilidad sugiere una relación causal. En todo caso, en el Perú es urgente examinar las causas del deterioro social y político. Mi hipótesis es que los medios modernos de comunicación, si bien crean luz, también están reñidos con la calidad de la vida colectiva. El costo de la conflictividad social y política, incluyendo la criminalidad, es enorme y merece un esfuerzo mucho mayor de investigación. Si antes la ciencia aplicada a la tecnología merecía una primera prioridad, como instrumento para elevar la productividad económica, hoy la mayor rentabilidad económica y la prioridad social parecen estar más bien con la investigación de las buenas y malas artes de convivencia social. Yo sugiero empezar con una mirada a cómo funciona ese ojo del cerebro, cuya dedicación exclusiva a los intereses de su dueño dificultan el sacrificio individual que es necesario en todo trato colectivo.Como niñera que cuida a un bebe, el cerebro nos conoce, nos cuida y nos engríe.

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Menos invisibles

De la historia esperamos fidelidad a los hechos. Pero también poesía. ¡Vaya el reto! Más aun, es un reto tanto para el historiador, que debe decidir el qué y cómo de su relato, como para el lector, que busca motivación, pero no el abandono de su criterio propio. Por eso el kit para construir una nación siempre incluye un podio “reservado para el historiador insigne”, el que mejor resuelve la necesidad de una historia con rigor, pero también con capacidad de inspirar. La Roma Antigua contó con Tácito, cuyas historias combinaban el relato de hechos con juicios morales aleccionadores, mientras que los británicos siguen leyendo la gloriosa historia nacional de Thomas Babington Macaulay. El Perú tiene la buena fortuna de un Jorge Basadre, cuya erudición y entereza moral aplastan cualquier duda acerca de la veracidad, pero quien, a la vez, nunca pierde el sentido de responsabilidad patriótica inherente a su labor, tanto que su trabajo a veces se concibe como historia poética.

La base de toda historia es la pedestre data, el registro de los sucesos del pasado, y de allí nace no solo una limitación general sino un sesgo especialmente pronunciado para el caso peruano. Basadre alude a ese sesgo cuando se refiere a la “patria invisible,” al “Perú profundo,” y a la diferencia entre el “Perú oficial” y el “otro Perú”, términos que aluden a una invisibilidad de la mayoría de la población y territorio. En efecto, el registro de la vida de la mayor parte de la población durante el primer siglo de la República es casi inexistente, y lo que tenemos de historia para ese período se refiere casi exclusivamente a la política y la economía de los “dueños del país” de esa época. El vacío de información en los registros nacionales es tan grande que muchas veces acudimos a las impresiones y estimaciones extraoficiales que publicaban visitantes y diplomáticos extranjeros durante esos años.

Buscando más referencias, leí con gran expectativa la obra “Paisajes peruanos” de José de la Riva-Agüero, quien, muy joven, viajó por la sierra durante el año 1912. El libro fascina por sus reflexiones y calidad literaria, mereciendo un prólogo de 162 páginas de Raúl Porras Barrenechea, y es considerado como uno de los primeros esfuerzos de intelectuales para descubrir el país interior. Sin embargo, en todo el viaje los ojos y la mente del autor están puestos casi exclusivamente en el paisaje y en la historia que evocan pueblos, iglesias y otros lugares, más no en la vida actual de la población. Otro libro con similares referencias, de Aurelio Miró Quesada, titulado “Costa, sierra y montaña” y publicado en 1947, es igualmente decepcionante como referencia para conocer algo de la vida en el interior del Perú en esos momentos. Como de la Riva-Agüero, lo que Miró Quesada reporta consiste en paisajes y recuerdos históricos, casi sin referencia a las personas o aspectos de la vida actual en los lugares que visitó.

Hoy, es difícil imaginar o comprender el extraordinario vacío de conocimiento que tenía la clase gobernante, en cuanto a la mayor parte del país que gobernaba. Ciertamente, muchos de ellos sí conocían y hasta vivían parte de sus vidas en haciendas y pueblos del interior. Sin embargo, esos contactos hacían poco para crear algún acercamiento humano entre el Perú oficial y el “otro Perú”. Incluso antes de llegar a los instrumentos de dominación política, esa distancia significaba un obstáculo mayor para el desarrollo de un país compartido. En 1854, por ejemplo, ante un brote de fiebre amarilla en Lima, se sugirió aislar a los enfermos en un nuevo hospital en las afueras de la ciudad. Sin embargo, la Junta Suprema de Sanidad vetó la propuesta diciendo que “los enfermos solo son extranjeros y del interior, no de la población”. Es chocante la idea de una supuesta invulnerabilidad de los que sí eran “población”, cosa que se descubrió rápidamente. Pero aún más chocante es que, tres décadas después de la independencia, la inmensa mayoría de los peruanos aún no eran considerados parte “de la población”.

Estas referencias ayudan para darnos cuenta de la extraordinaria transformación del Perú durante el último siglo. La revolución en la tecnología de la comunicación y en la facilidad del movimiento físico en el país nos ha llevado casi a otro extremo de mutuo conocimiento, y de interacción en todos los ámbitos –político, económico y social–. Ese cambio estructural ha contribuido enormemente al progreso de la democracia y al acercamiento mutuo en la población.

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Lima, precursora del celular

En su aspecto físico, no se parecen. Pero si lo pensamos, es evidente que la función de una ciudad es la misma que la de un celular: conectarnos. Desde hace varios milenios, la cohabitación ciudadana fue desarrollada como un potente instrumento para multiplicar el control social, la productividad económica y la expresión cultural. Con el invento de la ciudad, la raza humana pasó de la vida tribal, ambulatoria y de mera sobrevivencia, a la civilización.

¿Cuál fue el aporte de Lima al Perú? Para la opinión general, la respuesta es negativa y frustrada. Durante cuatro siglos de existencia, desde su fundación hasta finales del siglo XIX, Lima tuvo una vida pasiva en lo económico y en lo cultural, viviendo de la economía del resto del país más que de su propia productividad. Además, su vida ensimismada dejó poco espacio para la creatividad cultural, como podría haber sido un mestizaje entre las dos fuertes tradiciones, hispana y nativa, como sí ocurrió en, por ejemplo, México. Incluso en cuanto a su función principal –el control político–, el resultado fue una bancarrota cuando España perdió su colonia, un fracaso estatal que fue prolongado durante la mayor parte de ese siglo por guerras civiles y el conflicto bélico con Chile. Ese papel triste de Lima parecía reflejarse en las observaciones de viajeros que visitaron al Perú durante los años finales de decadencia de la colonia, cuando esta había agotado gran parte de sus riquezas. El novelista Herman Melville, creador de “Moby Dick”, describió a Lima como la “más extraña y triste ciudad que usted pueda ver”.

Con semejante currículo, el papel de Lima en el siglo XX resulta ser una sorpresa. Así, durante los años finales del siglo XIX, cual capullo que finalmente se abre, emerge una Lima radicalmente diferente, una ciudad que empieza a cumplir su misión conectiva. La reactivación se da en la economía general del país pero, a diferencia de períodos anteriores de crecimiento nacional, el nuevo auge incluye un fuerte crecimiento de la misma economía limeña. Este proceso ha sido resumido por Víctor Velásquez en su libro “Lima a fines del siglo XIX”. Ya en años recientes habían llegado la navegación a vapor, los ferrocarriles y el telégrafo, explica, pero en los últimos años del siglo XIX se vuelve intensa la transformación urbana, en especial con la llegada de la electricidad y del servicio telefónico. En este período, Lima es propulsada además por las iniciativas de negocios de un gran número de inmigrantes, de Europa y Japón, además de chinos que quedan liberados de los contratos laborales con los que habían sido motivados para llegar al Perú. En esos años de cierre de siglo surgen bancos, fábricas y sociedades científicas en Lima, que despiertan y educan un nuevo interés en el resto del Perú.

Las semillas de esa nueva vocación limeña, más empresarial y de mirada nacional, ahora acompañan el desarrollo de otras regiones, especialmente la minería y la agricultura de exportación. Más aun, la economía limeña, basada en una diversa combinación de manufacturas, transporte, servicios, construcción y comercio, termina volviéndose el motor principal de la economía peruana, creciendo más rápidamente que las actividades extractivas. El dinamismo productivo de Lima ha sido tan grande que su propia producción ha pasado de ser apenas el 10% del PBI del país (siglo XIX), a constituir el 60% en la actualidad, además de haber incorporado a un tercio de la población del país.

El secreto del dinamismo limeño radica en la mayor productividad que produce la conexión. Podríamos decir el “efecto celular” que, antes del celular, se lograba simplemente con la proximidad física en el área urbana. Evidentemente, el secreto no es una patente peruana. La concentración urbana es ahora el camino para todos los países, especialmente para los menos desarrollados. China sigue hoy una estrategia de “urbanización inteligente”, creando conjuntos de ciudades grandes –cada una más grande que Lima– que se interrelacionan entre sí y coordinan infraestructura, especialización y normatividad. En la India hay más de una ciudad cuyo PBI es más grande que la del todo el Perú. La cercanía y la interrelación, aprovechando las lógicas de los “corredores”, de las cadenas de valor, de la rápida difusión de tecnologías, y sobre todo de la simple cercanía, se han vuelto ‘el secreto’ del desarrollo. Como es obvio, el invento reciente del celular llega para sumarse y quizás aumentar sustancialmente la ventaja urbana de la proximidad física.

Se deduce que un criterio central para la gestión de una ciudad tiene que ser la fluidez del movimiento e interconexión interna. Desde esa perspectiva, es preocupante la creciente congestión urbana de Lima, tendencia que amenaza el dinamismo que la ciudad ha mostrado durante más de un siglo y que ha contribuido sustancialmente no solo al desarrollo productivo del país, sino también a la democratización que es efecto de la convivencia. Un dato reciente abona a esa preocupación: la mayor productividad laboral de Lima. Esa productividad, medida por el ingreso promedio por trabajo de las familias, ha sido sustancialmente mayor en Lima que en las áreas rurales. En el 2004, la diferencia productiva era de 3.5 a 1.0. En el 2018, esa diferencia es solo de 2.7 a 1.0. Viene cayendo la ventaja productiva de los limeños. Todo indica la necesidad de una mayor celeridad para mantener la fluidez del tránsito y de la comunicación en general en la ciudad; o sea, del arma secreta de la productividad de Lima.

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Noticias chatarra

Casi sin darnos cuenta, el mundo pasa de una era de escasez a una de chatarra. En vez de producir más, el reto del desarrollo se vuelve en cómo manejar la abundancia. ¿Cómo disponer de la basura, dónde guardar tanta cosa en la casa y cómo movernos ante el exceso de vehículos en las pistas? Con tanta capacidad de producción, el ingenio económico se dirige más y más al márketing, a cómo fomentar el consumo.

De esa tendencia nació la industria de la comida chatarra, al principio celebrada como un logro del avance tecnológico. Nos demoró caer en cuenta que, en vez de alimentar el cuerpo, era un consumo que destruía la salud. Con el tiempo se fue comprobando los efectos nocivos de esa comida y hoy existe ya la conciencia de que debemos luchar contra ese vicio, esforzándonos para no ceder ante la atracción del azúcar, la sal, las grasas, el glutamato monosódico y otros aditivos difíciles de resistir. Ante el evidente daño que produce ese consumo, esperamos que el Estado nos proteja contra nuestras propias debilidades biológicas, por lo menos mediante etiquetas y esfuerzos educativos.

Hoy nos invade una segunda ola de chatarra, esta vez en la forma de un tsunami de noticias que llegan casi sin costo a través de múltiples medios de comunicación. Su consumo se ha vuelto extraordinariamente fácil, económico y masivo como resultado de la proliferación de las pantallas de televisión, celulares y computadoras, que nos acompañan incluso en restaurantes, salas de espera, y algunos buses, haciendo posible estar enganchados a las “noticias” casi sin interrupción. Pero, como en la comida chatarra, el efecto es malsano. La diferencia es que, si la comida chatarra nos enferma el cuerpo, la noticia chatarra nos enferma la mente.

Para comprender debemos preguntar, ¿qué son las noticias? De los millones de sucesos que se dan cada día en todo el mundo, ¿cuáles merecen ser reportados y conocidos? ¿Quién los selecciona y con qué criterio se dedica un minuto o tres horas a un mismo suceso, muchas veces intrascendente? La respuesta es fácil de adivinar porque los proveedores de esas noticias son negocios cuyas ganancias dependen directamente de un resultado –la atención del público–. La noticia que se escoge, evidentemente, es la que captará la máxima atención, la que reduce la frecuencia de cambio de canal y que produce los mayores ratings o número de consultas o ‘likes’, según el medio utilizado. Y, tal como sucede con el negocio de la comida chatarra, la economía noticiosa no se queda en una espera pasiva de resultados sino que adopta los temas y la forma de presentarlos para lograr la máxima atención posible. Y, en general, esa atención se consigue con la emoción. Léase, telenovela. Como regla general, por ejemplo, noticia es mala noticia. No se reporta que ayer se efectuaron 837.376 viajes vehiculares en el país sin incidente alguno (cosa que parece un milagro pero en realidad es normal). Se reportan más bien los tres o seis de esos viajes que sí tuvieron incidente.

Claro, el arte de la selección y presentación de noticias va mucho más allá de ese burdo ejemplo, y se ha vuelto incluso una técnica profesional universitaria. Cabría añadir que el negocio de los medios de información en casi todo el mundo pasa por un mal momento, situación que viene agudizando la necesidad de reforzar su aspecto comercial, sacrificando lo que todavía podría ser considerada su función social. Pero el efecto final es comparable al de una droga como éxtasis, que crea energía, euforia e impulsividad y distorsiona la percepción.

La focalización de los medios de información en sus resultados económicos es perfectamente entendible y justificable. No se trata de que las noticias sean hoy más negativas que antes. Como ha señalado el historiador Jaime Urrutia, en el siglo XIX el cónsul francés en el Perú reportó a sus jefes en París que “la licencia de la prensa sobrepasa aquí todos los límites”. Y, hablando del mismo período, el historiador Pablo Whipple afirma que en el Perú la “gente decente” enviaba a los periódicos todo tipo de denuncia o querella, acusaciones que “se transformaron en la principal fuente de ingreso para los periódicos”.

¿Podría decirse simplemente que nada ha cambiado? No, porque en ambos casos, comida y noticias, se ha dado un cambio de magnitud casi gigantesco. El de la comida, por eso, ha tenido repercusiones graves para la salud física. Y, en mi opinión, las noticias chatarra, “telenoveladas”, han producido un efecto análogo, enervante y malsano en la salud de la sociedad, no solo en el Perú, sino como se observa en el ambiente político de Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países de Europa.

Publicado en El Comercio, 28 de Abril del 2019.

Puntito por puntito

Entre el 2017 y el 2018 la población en estado de pobreza se redujo en apenas 1,2 puntos porcentuales. Peor aún, el número se había elevado el año anterior dejando una ganancia neta de apenas 0,2 puntos porcentuales en tres años. ¿Por qué no avanzamos más rápido? ¿Por qué no repetimos el éxito de la revolución industrial?

Empecemos con una mirada a esa “revolución”, la transformación productiva y de calidad de vida que se inició en Gran Bretaña a mediados del siglo XVIII, y que en el siglo XIX se extendió a Alemania, Francia, Rusia y Estados Unidos, marcando un antes y después en la historia económica del mundo. ¿Con qué velocidad desapareció la pobreza en esos países? No disponemos de estadísticas de “pobreza” para esa época, pero un reportaje publicado en 1819 por el periódico “The Observer” de Londres nos pinta la situación siete décadas después del inicio de la “revolución”.
“The Observer” informa que en el Parlamento Británico el diputado Moore había presentado un proyecto de ley para mejorar las condiciones laborales de los obreros textiles en la ciudad de Coventry. El horario de trabajo, dijo el señor Moore, era de 16 horas al día. De las cinco categorías de obreros, el más alto recibía dos y medio peniques (centavos) por cada dos horas de trabajo. El nivel más bajo recibía apenas 18 peniques a la semana. Los trabajadores incluían niños desde los 6 años. Más de medio siglo de revolución industrial había tenido escaso impacto en las condiciones de vida de la clase obrera. Incluso, para muchos la vida era peor.
Lo que aprendemos de la historia es que no basta una revolución industrial para terminar con la pobreza. Su impacto, en todo caso, se limita a un pequeño grupo de trabajadores y capitalistas. Eliminar la pobreza necesita además un segundo cambio drástico, una transformación radical en las formas de vida productiva, social y cultural de la mayoría de la población. La pobreza no desaparece apenas llegan fábricas, minas y otras inversiones modernas, como quien prende la luz. La gran mayoría de la población no participa en ese núcleo de alta productividad, y la mejora en sus niveles de vida dependerá de una segunda revolución, una transformación que no desciende desde un cielo tecnológico sino que es realizada desde abajo hacia arriba, por la población misma que pone iniciativa, sacrificio y habilidad para adaptarse y reinventarse, mudándose a otros lugares, cambiando de ocupación, aprendiendo nuevos oficios, escolarizándose, creando nuevas relaciones sociales, incluso acostumbrándose a un nuevo idioma.
Esa reinvención social y territorial, que equivale casi a la creación de un nuevo país, ha sido la trama central de nuestro siglo XX. La población se ha reubicado dentro del territorio, del campo a la ciudad e invadiendo la selva, obligando a la construcción masiva de nuevas viviendas e infraestructura, y a la creación de nuevas formas de institucionalidad social para defenderse en esos nuevos lugares y oficios y, en todo momento, asumiendo enormes costos y riesgos personales. No sorprende que la mejora económica no haya llegado automáticamente para la mayoría, especialmente para los habitantes de 100 mil recovecos aislados de la sierra y selva. Al cierre del siglo pasado, dos de cada tres peruanos seguían viviendo en pobreza.

Pero, como sucedió en Gran Bretaña y en otros países avanzados, en el Perú también se está complementando la revolución tecnológica con una revolución social y desde fines del siglo XX se registra una aceleración en la mejora económica de una mayoría. El avance sigue siendo puntito por puntito, pero por fin ha empezado a sentirse en la población más excluida en la sierra y selva. La pobreza se puede medir con bastante certeza desde el 2004 y, desde esa fecha, el gasto promedio de las familias rurales en la sierra ha mejorado en 70%, el doble de la mejora del 37% registrada por las familias de Lima. La revolución tecnológica nos llega del cielo y mayormente entra al Perú por Lima. Pero, más y más, ese aporte se viene complementando con el de una revolución que se da desde abajo, por la misma población más desventajada del país.

Publicado en El Comercio, 14 de Abril del 2019.

Rentas, malas y buenas

En la economía existen diversas categorías de ingreso, como los jornales, las comisiones, los intereses y las utilidades. Cada tipo de ingreso retribuye una diferente forma de aportar a la riqueza común, y goza de la legitimidad que otorga su aporte productivo. Pero hay una excepción, una categoría de ingreso que incomoda y del que se habla poco. Se trata de los ingresos del rentista, que no surgen de una contribución productiva sino de riqueza que ya existe. El rentista participa en la riqueza sin contribuir.

Los textos de economía dicen poco de la renta, primero porque no es parte del engranaje productivo, pero además porque su existencia cuestiona la legitimidad de la economía de mercado cuyo concepto central, formulado por Adam Smith, es que el mercado libre transforma el accionar egoísta de los individuos en un bienestar económico colectivo. La existencia de rentistas es una incomodidad para esa filosofía. En realidad, si bien es un asunto de economía, el estudio de las rentas tiene que ser trasladado a las ciencias políticas y sociales. ¿A quién le corresponde el usufructo de una riqueza ya existente? ¿Al primero que se la apropia? ¿Al que vive cerca? Y, ¿qué efectos tienen las rentas sobre una sociedad?

Las preguntas son importantes para comprender la historia del Perú. Como sucede en la mayoría de las economías que recién empiezan su desarrollo, la economía peruana ha dependido sustancialmente de las riquezas naturales, desde el oro que motivó la conquista, la plata, el mercurio, el cobre, el petróleo, las tierras agrícolas, el caucho, el guano, el salitre, la pesca y la coca, una verdadera cornucopia como bien la registra el escudo nacional. Si bien el aprovechamiento de cada una de esas riquezas ha requerido el aporte adicional de capitales, mano de obra y liderazgo emprendedor, en un alto grado el ingreso resultante ha consistido en renta.

No sorprende entonces que el término “rentismo” aparezca con frecuencia, y siempre como acusación, en los trabajos de historiadores que estudian la evolución del Perú en los últimos siglos. Al rentismo se le atribuye una cultura de flojera, de poco esfuerzo y un bajo nivel de emprendedurismo. Además, cuando no existe un dueño natural, el reparto de rentas exige y estimula la intervención de la política. En una sociedad de sólidas instituciones democráticas el reparto de las rentas puede ser ordenado, pacífico e igualitario, como parece haber sido el caso de los países nórdicos, pero a falta de esa institucionalidad la presencia de rentas es una invitación para el uso de la fuerza, reforzando así el subdesarrollo institucional y la desigualdad.

También, cuando la gestión económica no está mayormente en manos propias, sino en el azar de la naturaleza o de los ciclos mundiales, la gestión se preocupa menos por el largo plazo, el ahorro y el mantenimiento y el avance gradual, cualidades fundamentales para la buena gestión duradera.

Pero ha pasado inadvertido un tipo de renta cuyos efectos han sido extraordinariamente positivos, tanto para la economía como para la igualdad. Me refiero al valor de los metros cuadrados en los centros urbanos, valor que ha ido aumentando exponencialmente a lo largo del último siglo, como consecuencia directa de la migración masiva y del crecimiento de las ciudades. Desde fines del siglo XIX, la población de Lima ha aumentado desde menos de 200 mil a más de 10 millones de pobladores, y otras ciudades han tenido un crecimiento similar. Ese crecimiento ha sido a la vez resultado y causa de aumentos en la productividad colectiva, generando empleo y mejores niveles de ingreso. Como explican los geógrafos de la urbanización, el crecimiento de las ciudades conlleva beneficios de aglomeración, especialmente por los efectos de la conectividad, y contribuye así a los mejores niveles de vida de la población urbana, tanto por el mayor acceso a los servicios como por el potenciamiento general de los negocios y de la productividad. Esa misma urbanización se ha venido produciendo en todos los países de alto crecimiento, muy especialmente en China y en la India.

Una consecuencia del efecto productivo de la aglomeración es el aumento en el valor del terreno urbano. En el caso del Perú, ese aumento ha tenido un efecto particularmente favorable porque la mayor parte de los nuevos pobladores de las ciudades ha obtenido sus terrenos a muy bajo costo, muchas veces sin pago alguno, y ha gozado de todo el beneficio que significa la revalorización de sus terrenos. Mi cálculo del valor aproximado de los terrenos ocupados por viviendas en Lima y en otras nueve ciudades principales, es un monto similar al del PBI total del Perú, más de 200 miles de millones de dólares. Se trata de un capital que ha aumentado solo por efecto del crecimiento global de la ciudad. Este valor representa a la vez un ahorro cuyo rendimiento supera largamente el interés que se podría haber obtenido en un banco o AFP y que, de hecho, está sirviendo de colchón para una gran parte de la población urbana. Quizás por primera vez, una renta (ingreso caído del cielo) ha favorecido a una mayoría de la población.

Publicado en El Comercio, 17 de Marzo del 2019.

Velocímetro de la economía

El único instrumento que orientaba a los primeros aviadores era el compás. Hoy, el tablero de control de un Boeing es un cuarto entero equipado con instrumentos de medición. Esa misma multiplicación numérica se ha dado en casi todos los aspectos de la vida moderna. Vivimos con los ojos pegados a un sinnúmero de cifras fluctuantes, porcentajes de aprobación de políticos e instituciones, ránkings de tenistas, rátings de programas de televisión, avances porcentuales en la ejecución de obras públicas, ‘likes’ recibidos en Facebook, nivel de colesterol y cuánta agua, bosque y especies nativas le quedan al mundo. Casi todos esos números son mediciones nuevas, cifras ni siquiera imaginadas por nuestros abuelos.

Paradójicamente, la economía se percibe como una ciencia centrada en los números, pero se ha beneficiado poco de los avances tecnológicos en la medición de resultados. El ‘dios’ de la economía es el llamado PBI, la suma de todo lo producido durante un año, el “tamaño de la torta”. Se puede debatir la composición óptima de ese total, y la injusticia en su reparto, pero esas discusiones pasan a un segundo plano porque lo innegable, se dice, es que, cuando se trata de PBI, siempre más es mejor. Pero si le vamos a dar tanta importancia a esa cifra, convendría educarnos acerca de cómo se calcula exactamente, en particular, de tres deficiencias que nos engañan acerca del verdadero tamaño de esa torta.

 

En los tres casos, el problema se origina en cómo medimos el valor de la producción. En la práctica, lo que podemos observar no es ese valor sino su costo en el mercado. El PBI, entonces, es una suma de los costos de todo lo producido. Pero el costo no siempre es una buena aproximación del valor de un producto.

Un caso es la producción que realiza el Estado. El supuesto del PBI es que el valor de lo producido por el Estado es igual a su costo, mayormente la planilla estatal. Desde el inicio del nuevo milenio se ha producido una fuerte inflación en el número de trabajadores estatales y en las remuneraciones promedio, inflación que el PBI registra como una verdadera mayor producción. ¿Pero, en realidad podemos decir que ha crecido tanto la “producción” de los servicios estatales?

 

Un segundo caso apunta, no a una exageración del PBI, sino más bien al revés. Se trata de avances tecnológicos tan grandes que llegan a trivializar los costos de mercado. Hace un cuarto de siglo invertí más de mil dólares en la compra de los doce volúmenes de la Enciclopedia Británica. Hoy, Internet nos proporciona toda esa información y cien veces más sin costo, un crecimiento productivo no registrado por el PBI. Lo mismo sucedió con la telefonía. Hace medio siglo, cuando estudiaba en el colegio en Canadá y se aproximaba la Navidad, mis padres me escribieron anunciando que mi regalo navideño sería una llamada telefónica, pero que, debido a su altísimo costo, la conversación no podía sobrepasar los tres minutos. Hoy, el país entero conversa por teléfono casi sin parar y a un costo mínimo. El abaratamiento de la comunicación ha sido tan radical que hoy la mitad de los hogares en pobreza extrema tiene un teléfono celular. Se trata de un “valor” gigante, cuya verdadera dimensión no es incluida en el PBI. Otro ejemplo de un valor no registrado por el PBI es el alargamiento de los años de vida. Hoy vivimos el doble de años de lo que era normal hace un siglo, más de 70 en vez de 35 a 40. Esos años adicionales de vida son un regalo, de valor casi inconmensurable, con seguridad mucho mayor a los costos de las mejoras en la salud pública, educación y economía que los ha hecho posibles y que han sido registrados por las estadísticas del PBI.

 

Un tercer caso de error en las cifras del PBI se refiere a la inversión. En ese caso estamos ante un simple error de concepto si es que queremos usar el PBI como medida de la torta creada por las actividades productivas. En esencia, una inversión equivale a comprar un billete de lotería, que quizás algún día rendirá más de lo que costó, pero quizás no. En cualquier caso, no representa una producción ya disponible. Sobran los ejemplos de inversiones, públicas y privadas, que rindieron menos de lo que costaron, así como otras cuyos resultados superaron largamente esos costos. El costo de la inversión viene a ser una estimación arriesgada del valor que generará más adelante, pero, en cualquier caso, tanto su costo actual como la posible mayor producción futura no son parte de una canasta o torta ya disponible … salvo que queramos considerar los billetes de lotería como parte de nuestro PBI personal. Personalmente, optaría por no mezclar los sueños con las realidades contantes y sonantes de hoy.

Publicado en El Comercio, 3 de Marzo del 2019.

País

¿País? Perú. Y a mucha honra.

Los formularios eran tan fáciles de llenar. Nací en la República del Perú, proclamada con ese nombre hace casi dos siglos, reconocida en el mundo, incluso por su dueña anterior, España, aunque el rey esperó 44 años para aceptar esa nueva realidad. Pero un país es más que pergaminos. Surgen varias preguntas para aclarar eso del país que nos corresponde.

Un aspecto es el territorial. Ciertamente, el Perú de hoy no es el Perú del imperio español cuando la frase “vale un Perú” se justificaba principalmente por las minas en lo que hoy es Bolivia. Pero, a diferencia de los países de Europa, donde las discrepancias y las agresiones territoriales dieron lugar a siglos de guerra y muerte, y donde hoy abundan los movimientos separatistas –solo en España se registran 18– el Perú, después de su dolorosa guerra con Chile y la pérdida de Arica, ha vivido en relativa paz con sus fronteras. Incluso un breve conflicto con Ecuador fue resuelto con un gesto, transfiriendo Tiwinza, un kilómetro cuadrado de selva norteña, para ser considerada como “propiedad” aunque no de soberanía del Ecuador. Sin embargo, hoy surgen conceptos de derecho territorial que empiezan a nublar el tema, cuestionando la soberanía de un país en tierras que se consideran de “propiedad” de comunidades indígenas.

Otra pregunta se refiere a eso de “república”. ¿En realidad vivimos en una comunidad normada por los principios de igualdad política y de derechos humanos señalados por la Constitución de 1883? En este aspecto, la brecha entre lo proclamado y la realidad ha sido chocante durante la mayor parte de la vida del país. Hasta mediados del siglo XX, menos del 5% o el 6% de la población podía acceder a las mesas de votación, excluyendo a las mujeres y a la población analfabeta, provincial y pobre, en flagrante contradicción con los principios de una república que no impedía que a los niños en todo el país se les enseñara a cantar “Somos libres”.

Un tercer aspecto es que ser país presupone, y a la vez ambiciona, ser además nación; una comunidad unida por su historia, su cultura y sus ambiciones. Un país puede existir en forma legal y formal sin el sentimiento nacional, pero el sentimiento de nacionalidad se requiere para ser un “país profundo”, como lo definió Jorge Basadre. Regresando a la fundación de nuestro país-república, es difícil imaginar un inicio menos auspicioso por su falta de una base de sentimiento nacional. Una interpretación de ese punto de partida sería que el país creado por la independencia contenía dos naciones extremadamente diferentes y separadas, la hispana y la indígena, que, si bien compartían una historia, esta era una de conflicto y de extrema dominación de una por la otra, algo poco propicio como pegamento social para un país profundo. También podría cuestionarse la existencia de una comunidad de experiencias y cultura en la población indígena, por el extremo aislamiento físico que imponía la geografía peruana.

Si un país profundo necesita de alma, su necesidad aún más urgente es un cuerpo, en la forma de un buen Estado. Y aquí, es chocante descubrir lo enclenque del aparato estatal peruano durante su primer siglo de vida. La debilidad de ese primer Estado fue explicable, tratándose del reemplazo de un sistema de control dirigido desde una España a varios meses de distancia, y basado –además– en funcionarios realistas, muchos de los que abandonaron el país tras la independencia. Además, la agenda y, por lo tanto, el aparato del estado virreinal heredado por la república era una estructura limitada, dirigida casi cerradamente a la extracción de rentas. Al final, la creación de un aparato estatal republicano, y con los términos de referencia y las ambiciones de un país independiente, resultó ser un proceso extremadamente lento, dificultando y demorando el desarrollo de la nueva república-nación.

La complejidad de un país no debe sorprender, tratándose de una colectividad humana. Como en toda colectividad, el progreso se basa en gran parte en el avance coordinado y mutuamente reforzado de sus partes, que para un país incluye sus principios legales, su territorio fácil o difícil, su alma de nación, su cultura, y la calidad de su Estado. Para el que se desespera por la lentitud del avance actual, recomiendo la lectura de un poco de historia. Nuestro avance ha sido lento pero la distancia recorrida desde la creación de la república peruana es asombrosa. Y recomiendo la filosofía de Sidney Webb (no es pariente), uno de los padres de la reforma social en la Gran Bretaña. Su frase más famosa fue “el gradualismo es inevitable”.

Publicado en El Comercio, 17 de Febrero del 2019.