País

¿País? Perú. Y a mucha honra.

Los formularios eran tan fáciles de llenar. Nací en la República del Perú, proclamada con ese nombre hace casi dos siglos, reconocida en el mundo, incluso por su dueña anterior, España, aunque el rey esperó 44 años para aceptar esa nueva realidad. Pero un país es más que pergaminos. Surgen varias preguntas para aclarar eso del país que nos corresponde.

Un aspecto es el territorial. Ciertamente, el Perú de hoy no es el Perú del imperio español cuando la frase “vale un Perú” se justificaba principalmente por las minas en lo que hoy es Bolivia. Pero, a diferencia de los países de Europa, donde las discrepancias y las agresiones territoriales dieron lugar a siglos de guerra y muerte, y donde hoy abundan los movimientos separatistas –solo en España se registran 18– el Perú, después de su dolorosa guerra con Chile y la pérdida de Arica, ha vivido en relativa paz con sus fronteras. Incluso un breve conflicto con Ecuador fue resuelto con un gesto, transfiriendo Tiwinza, un kilómetro cuadrado de selva norteña, para ser considerada como “propiedad” aunque no de soberanía del Ecuador. Sin embargo, hoy surgen conceptos de derecho territorial que empiezan a nublar el tema, cuestionando la soberanía de un país en tierras que se consideran de “propiedad” de comunidades indígenas.

Otra pregunta se refiere a eso de “república”. ¿En realidad vivimos en una comunidad normada por los principios de igualdad política y de derechos humanos señalados por la Constitución de 1883? En este aspecto, la brecha entre lo proclamado y la realidad ha sido chocante durante la mayor parte de la vida del país. Hasta mediados del siglo XX, menos del 5% o el 6% de la población podía acceder a las mesas de votación, excluyendo a las mujeres y a la población analfabeta, provincial y pobre, en flagrante contradicción con los principios de una república que no impedía que a los niños en todo el país se les enseñara a cantar “Somos libres”.

Un tercer aspecto es que ser país presupone, y a la vez ambiciona, ser además nación; una comunidad unida por su historia, su cultura y sus ambiciones. Un país puede existir en forma legal y formal sin el sentimiento nacional, pero el sentimiento de nacionalidad se requiere para ser un “país profundo”, como lo definió Jorge Basadre. Regresando a la fundación de nuestro país-república, es difícil imaginar un inicio menos auspicioso por su falta de una base de sentimiento nacional. Una interpretación de ese punto de partida sería que el país creado por la independencia contenía dos naciones extremadamente diferentes y separadas, la hispana y la indígena, que, si bien compartían una historia, esta era una de conflicto y de extrema dominación de una por la otra, algo poco propicio como pegamento social para un país profundo. También podría cuestionarse la existencia de una comunidad de experiencias y cultura en la población indígena, por el extremo aislamiento físico que imponía la geografía peruana.

Si un país profundo necesita de alma, su necesidad aún más urgente es un cuerpo, en la forma de un buen Estado. Y aquí, es chocante descubrir lo enclenque del aparato estatal peruano durante su primer siglo de vida. La debilidad de ese primer Estado fue explicable, tratándose del reemplazo de un sistema de control dirigido desde una España a varios meses de distancia, y basado –además– en funcionarios realistas, muchos de los que abandonaron el país tras la independencia. Además, la agenda y, por lo tanto, el aparato del estado virreinal heredado por la república era una estructura limitada, dirigida casi cerradamente a la extracción de rentas. Al final, la creación de un aparato estatal republicano, y con los términos de referencia y las ambiciones de un país independiente, resultó ser un proceso extremadamente lento, dificultando y demorando el desarrollo de la nueva república-nación.

La complejidad de un país no debe sorprender, tratándose de una colectividad humana. Como en toda colectividad, el progreso se basa en gran parte en el avance coordinado y mutuamente reforzado de sus partes, que para un país incluye sus principios legales, su territorio fácil o difícil, su alma de nación, su cultura, y la calidad de su Estado. Para el que se desespera por la lentitud del avance actual, recomiendo la lectura de un poco de historia. Nuestro avance ha sido lento pero la distancia recorrida desde la creación de la república peruana es asombrosa. Y recomiendo la filosofía de Sidney Webb (no es pariente), uno de los padres de la reforma social en la Gran Bretaña. Su frase más famosa fue “el gradualismo es inevitable”.

Publicado en El Comercio, 17 de Febrero del 2019.

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