Cálculos difíciles

En mi reciente viaje a Arequipa tuve la ocasión de conocer a Luis Calle, respetado economista de la región sureña que ha sido director de la entidad regional encargada de la gestión del proyecto Majes Siguas. No he tenido la suerte de visitar esa emblemática obra de irrigación, pero al conversar con el señor Calle recordé que en una oportunidad ya lejana, mi vida y la irrigación Majes se habían encontrado frente a frente. Podría decirse, incluso, que se trató de un encontrón.

 

Sucedió en 1969, cuando recién se había iniciado el gobierno del general Velasco. Existía ya un proyecto para la construcción de esa obra y su realización era un clamor de los arequipeños. A pocos meses de instalado, el nuevo gobierno convocó a un grupo de economistas para opinar sobre la propuesta. Varias entidades del Estado estuvieron representadas, incluido el Banco Central de Reserva (BCR) donde yo dirigía la oficina de estudios económicos. Luego de analizar los documentos que sustentaban el proyecto, preparados por una reputada empresa consultora de Italia, el grupo de trabajo se reunió para dar una opinión. De las cinco o seis entidades que participaron, solo el BCR opinó en contra. Según el banco, la rentabilidad de la obra no alcanzaría el nivel presentado por la consultora. Peor aún, el trabajo de la consultora tenía visos de parcialidad y poca seriedad, con párrafos enteros que parecían haber sido copiados de proyectos similares en otros países, apenas retocados para el caso peruano. Años más tarde, supimos que tanto el Banco Mundial como el Banco Interamericano se negaron a financiar la obra, probablemente porque dudaban también de su rentabilidad.

 

Después de la reunión, y aunque se trataba de un tema ajeno a la labor del BCR, decidí llevar nuestra opinión a otras instancias del gobierno con la esperanza de impedir lo que sería un tamaño error, pero ese esfuerzo nunca se realizó porque, pocos días después de la reunión, fui despedido de mi cargo. El despido no tuvo relación alguna con el proyecto, y obedeció más bien al deseo del nuevo gobierno de contar con funcionarios más imbuidos en el calor revolucionario de ese momento. Sin embargo, la separación me obligó a ocuparme por un tiempo de las prioridades de mi propia familia, y desde ese momento, hace casi medio siglo, no había tenido más contacto con Majes Siguas hasta mi reciente viaje a Arequipa. Tampoco en ese lapso he tenido experiencias con la evaluación previa de otros proyectos de gran envergadura.

 

Para mi sorpresa, hoy descubro que la opinión negativa de hace medio siglo ha desaparecido, y que, si la evaluación se fuera a realizar recién hoy, no descarto que llegaría a una opinión favorable. El cambio de parecer se puede explicar por dos tipos de razón, una cerebral, otra del corazón.
La razón de la cabeza se basa en lo difícil, casi utópico, que resulta pretender proyectar el futuro a una o varias décadas. Ciertamente, el manejo de una economía, sea nacional o empresarial, se basa necesariamente en las previsiones, aunque se trate de adivinanzas acerca del futuro. Ilustremos esto con la experiencia de otro proyecto de irrigación peruano: San Lorenzo en Piura. Financiado por el Banco Mundial en los años 50, fue catalogado luego por esa entidad como fracaso, no por razones de rentabilidad, sino porque no se había cumplido con la intención social de crear tierras para la pequeña y mediana agricultura. La planificación del proyecto no previó que el aumento inicial del flujo de agua sería capturado por los grandes hacendados del valle, antes de que se completara la preparación de tierras para los nuevos agricultores. Eventualmente, la dinámica política y el continuo apoyo del Banco Mundial hicieron posible la reestructuración del proyecto a favor del objetivo social inicial. El economista Albert Hirschman llamó la atención sobre la experiencia de San Lorenzo, y de casos similares en otros países, donde el resultado final fue decidido no solo por el diseño y los cálculos iniciales, sino por una serie de ajustes, adaptaciones y otras ‘tiradas de cintura’ durante la vida del proyecto.
La razón del corazón también es parte inherente de la evaluación de cualquier proyecto. El corazón no es democrático; valora más al cercano que al lejano, a lo ‘nuestro’ que al ‘otro’, al que se puede ver antes que a un anónimo beneficiario potencial. Ese descuento es parte inherente e inevitable de la valorización de cualquier obra. Después de visitar Majes Siguas y a su gente, entonces, no dudo de que mi valoración de sus beneficios ya visibles sería mayor a la que otorgaba desde mi escritorio cuando el proyecto no era más que una posibilidad.

 

Publicado en El Comercio, 28 de Octubre del 2018.

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