Dólar barato, ¿un lujo caro?

Richard Webb

El fortalecimiento del euro y la devaluación de otras monedas en la región latinoamericana, han puesto el tipo de cambio del dólar en el tapete. El fortalecimiento del euro y la devaluación de otras monedas en la región latinoamericana, han puesto el tipo de cambio del dólar en el tapete. Para evitar la caída de la paridad, sólo en el primer mes del año, el BCR ya gastó más de US$ 380 millones en nombre de la estabilidad tributaria.

 

El tipo de cambio se mantiene estable, pero a qué precio. En economía, hay pocos temas más controvertidos que el del tipo de cambio. A falta de conceptos seguros, se crean efímeros dogmas, tabúes, y modas.

 

Teorías

 

Un dogma de la economía es la estabilidad monetaria. Permitir la depreciación en el valor del dinero es tan absurdo como aceptar que mañana un kilo contenga sólo 900 gramos, y pasado, 800 gramos. Durante décadas, el mundo se alineó al concepto de la estabilidad cambiaria, primero bajo el Patrón Oro de hace un siglo y después bajo el acuerdo Bretton Woods, administrado por el FMI. Luego del lapsus inflacionario de los años 70″s y 80″s, se reafirmó la teoría del cambio fijo. La Argentina y Hong Kong, por ejemplo, pegaron su moneda al dólar, y Estonia al Deutsche Mark. Sobre todo en países pequeños como el Perú, donde gran parte de las compras y las deudas se valorizan en dólares, variar el tipo de cambio se considera un pecado mayor contra la estabilidad del dinero.

 

El valor externo de la moneda nacional devino incluso sagrado, un símbolo de la fuerza y del honor de un país. Tal fue el caso del valor del dólar americano y de la libra esterlina británica. Y, en 1966, el Presidente Belaúnde declaró que devaluar la moneda sería una traición a la patria.

 

Pero la Biblia del economista contiene un segundo dogma: “no intervenir en el mercado”. Así como el precio de las cebollas, el valor del dólar debe entonces depender de la oferta y la demanda del momento, precio que probablemente cambiaría cada día. O sea, un kilo que cambia de peso en gramos cada día, concepto que choca frontalmente con el dogma de la estabilidad monetaria.

 

Sin embargo, la guerra religioso-económica hoy se inclina a favor de este dogma del libre mercado. Ciertamente, los países grandes hacen caso omiso a la estabilidad cambiaria. Así, el valor del dólar ante el euro se ha depreciado en 30 por ciento en apenas dos años. Entretanto, el mundo presiona a la China para que obedezca el mandamiento del mercado y revalúe su moneda. Y luego de la debacle de la Argentina en el 2002, pocas voces se levantan para predicar un tipo de cambio fijo.

 

El Perú

 

Desde hace cuatro años el precio del dólar casi no varia en el Perú. En diciembre 1999 fue 3.48 soles nuevos y actualmente está en 3.46 soles. Si medimos el sol nuevo no sólo contra el dólar sino en relación a las monedas de todos nuestros socios comerciales, calculando un promedio según la importancia de cada país (el tipo de cambio multilateral), también descubrimos una casi total estabilidad. Todo un record. Indudablemente, esa constancia se relaciona con la inflación casi cero que se ha logrado, como causa y efecto.

 

De haberse aplicado estrictamente la ley del mercado, el dólar sería aún más barato ahora. El grado de intervención se puede medir por las compras netas de divisas por el BCR, que suman US$ 2,000 millones en esos cuatro años. Hemos priorizado la estabilidad cambiaria antes que el libre mercado.

 

Un Tercer Dogma

 

Paradójicamente, empieza a sugerirse la necesidad de una política cambiaria aún más intervencionista, dirigida a devaluar el sol. Desde el punto de vista de los dogmas tradicionales, se trataría de una doble heterodoxia. Se pondría de lado el dogma de la estabilidad y también el de la no intervención. La justificación se basaría en un tercer dogma, la expansión de la producción en base a la competitividad externa. Directamente, se trataría de defendernos de las importaciones asiáticas y de hacer más competitivas nuestras exportaciones, sobre todo las no tradicionales.

 

De allí surgen dos preguntas. Primero si devaluar la moneda sería conveniente, y segundo si sería factible.

 

De adoptarse una política de intervención más agresiva para encarecer el dólar, no estaríamos solos. México, fuertemente golpeado por las importaciones chinas, se encuentra repensando su política cambiaria con el mismo criterio productivo. Es evidente que el despegue económico que ansiamos jamás se va dar en base únicamente al mercado interno, y que el dólar barato no favorece la competitividad. Nuestra exportación apenas alcanza un 17 por ciento de la producción nacional, aún con la ayuda de los excelentes precios actuales de los metales. Indonesia, Tailandia y Filipinas exportan el 57, 54 y 48 por ciento respectivamente. Hay dos formas de llegar a ser un país de pantalón largo. Uno es triplicar nuestra población. Otra es triplicar nuestras exportaciones. No cabe duda cual conviene más.

 

Sin embargo, como en toda intervención del gobierno, existe un lado negativo, el de la mayor incertidumbre. Hoy, adivinar el tipo de cambio futuro es adivinar el mercado. Si el gobierno se dedica a intervenir, el inversionista tendría que adivinar no sólo el mercado sino también a los vaivenes teóricos de los políticos de turno.

 

Lo que es menos evidente es si esa política es factible. Requeriría fuertes compras de divisas por el BCR, que se pagarían con una fuerte emisión de nuevos soles. Para la política monetaria del BCR, sería un atrevimiento. La culpa de esta limitación se encuentra en las barreras a las importaciones. Si no importamos, las divisas de los exportadores se quedan sin uso, y el dólar se abarata.

 

Lo único realmente seguro en cuanto a los preceptos para una política cambiaria es que el dogma de hoy no será el dogma de mañana.

 

Publicado en Caretas,  29 de enero 2004 .

 

 

 

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